Evaristo Jalondo, un preso de 37 años natural de Madrid, ha llorado de alegría esta mañana al entrar en su celda y comprobar que es más grande que su piso. Tras ser condenado a cuatro años de prisión, este hombre ha decidido prolongar todo lo posible su estancia en el presidio. “Le he pedido a mi abogado que no recurra la sentencia”, asegura.
Evaristo vivía en el barrio de La Latina de Madrid, donde compartía piso con otras tres personas y pagaba 600 euros al mes por una habitación. “Sinceramente, me parece increíble que no me cobren por este piso”, asegura refiriéndose a su celda. “Es cierto que aquí no tengo libertad, pero me ahorraré miles de euros para poder alquilar un piso mejor cuando salga”, reconoce. “Lo que espero es que los precios no sigan subiendo”, añade.
Una de las cosas que más valora el presidiario es no tener que compartir baño. “Tengo más privacidad aquí que en el piso donde estaba”, insiste. Evaristo ha comprobado que en la cárcel también hay un vecino haciendo ruido con el taladro “pero a los pocos días desaparecerá porque se fugará por el agujero, en cambio en mi piso llevo años soportando el ruido ininterrumpidamente”.
Cada vez más españoles recurren a la prisión para poder permitirse un piso. El Gobierno ya estudia la posibilidad de poner barrotes a las viviendas, pues, de momento, no se le ocurre ninguna otra medida para acabar con el problema habitacional.










No ahorrará nada: se gastará todos los cigarrillos en comprar aguacates y saldrá con una mano delante y otra detrás. A las peña que alquila pisos ya la tengo mu calada.