El mundo se ha vuelto loco y por favor que alguien lo pare porque yo me quiero bajar. El mayor ejemplo de este desvarío global lo hallamos en el sector de la música. Ahí parece que ya todo vale. Para muestra un botón: Estos días, en pleno Madrid, en el corazón de nuestra patria, un melenudo extranjero se ha dedicado a pervertir a nuestra juventud a base de tocar sus (supuestas) canciones con total impunidad.
El Gobierno de Sánchez ha permitido que ese melenudo tocase durante tres cuartos de hora ininterrumpidos, durante los cuales, sin llegar realmente a los excesos temidos, pudieron los espectadores jóvenes expansionarse al son que tocaba. Los más entusiastas adquirieron boletos a precios de órdago, rondando las 83.000 pesetas (500 euros) en algunos casos. “Yo he ido a las dos actuaciones”, nos explica Tomàs Fuentes, un joven descarriado al que las letras y los acordes prohibidos de este melenudo y desvergonzado cantante le han lavado el cerebro.
Durante el concierto, la juventud, corrompida por sus letras en inglés, coreaba las ruidosas tonadas de este extranjero greñudo que parece que no tenga dinero para ir al barbero. Al recinto ferial en el que se celebró la charanga acudieron 20.000 personas, pero la que no se presentó fue la higiene personal. Pelos inacabables, camisetas y además sudadas, guitarras… la música moderna cada día se asemeja más a un aquelarre que a cualquier otra cosa. Qué lejos quedan ya las melodías de Mozart y Beethoven, cómo se ha corrompido la juventud y qué mal futuro nos espera.
Sin ánimo de echarme encima de los admiradores de este superfamoso músico, quiero dejar constancia en estas líneas de que, aún con la larga preparación que he tenido en microsurco a lo largo de estos años, no sabría en realidad a estas horas cuál es su habilidad artística. El griterío de anoche me impidió escucharle. Sospecho que incluso algunos de los espectadores habían tomado droga porro o droga cocaína. Y todo en pleno Madrid. En el corazón batiente de España.
Aunque el melenudo se cree muy moderno, qué viejas son sus canciones. No es ninguna herejía, aunque se lo parecerá a muchos de los adolescentes que anoche se llevaban las manos a la nuca para contener el escalofrío que les producía el Liverpool sound. Argumentos tan viejos como el mundo “una vez tuve un amor formal, un amor de colegial, pero me hirió», dice una de sus letras, y otra: “La gente querrá, con buena o mala fe, criticar, censurar nuestro gran querer, olvidando que en su juventud amaron también. Pero no conseguirán un mundo sin amor”, palabras cantadas por todos los hombres en todas las épocas. La única diferencia es que esos hombres se cortaban el pelo y se afeitaban como Dios manda.
Afortunadamente, estas modas pasajeras, estas rebeldías de juventud, son efímeras, ir al concierto de esta melena con patas es una gamberrada que, con el paso de los años, todos recordarán con vergüenza mientras acuden a escuchar música de verdad. En diez años nadie recordará el nombre de ese melenudo de Liverpool. Yo, sin ir más lejos, ya lo he olvidado.


