«No veo el problema. Lo ideal es mantener la tensión alta hasta que al final se produce una gran explosión». Con este argumento intentaba esta mañana un guionista convencer a su médico de cabecera de que tener la tensión por las nubes es lo mejor que le puede pasar. «Me dice que en cualquier momento puedo tener un susto. Eso es precisamente lo que busco, que el status quo esté todo el rato bajo amenaza», insiste.
La vida sedentaria de este profesional, sumada a una alimentación pobre, lo convierten, según el facultativo, en una «bomba de relojería». Algo que el paciente considera un elogio. «Llevo treinta y seis años de vida tranquila, diría incluso que aburrida. Y, sin que nadie lo esperase, un pequeño incidente, un mareo, desvela un conflicto potencial que puede sacudir mi plácida existencia y convertirla en un infierno», relata el escritor con entusiasmo. «Mi médico está absorto en la lectura de mi historial clínico, tal vez mi mejor obra», dice.
El guionista cree que su vida se ha adentrado ahora en el segundo acto. «La gente ya me conoce, sabe qué vida llevo. Ahora se ha desatado un conflicto, mi médico augura un futuro turbulento y mi trabajo es mantener esa tensión, que no decaiga el interés», insiste. Lo único que le preocupa es el final: aunque los problemas del corazón sean un clásico del entretenimiento, no quiere caer en tópicos. «El doctor me ha avisado de que estas cosas suelen acabar más o menos igual, y eso sí que no lo quiero. Necesito cerrar la historia de mi vida con un giro sorpresivo. Algo se me ocurrirá», explica.
En cuanto a la posibilidad de sufrir una crisis coronaria y morirse, el guionista asegura que la muerte no le preocupa lo más mínimo si contribuye a cerrar como es debido una historia de infarto. «Los de mi gremio estamos acostumbrados a la invisibilidad. Morirse, para nosotros, es más de lo mismo», declara.









