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Qué es la nigromancia, la nueva etapa del duelo que recomiendan los expertos

Cada vez más reemplaza la negociación, «de todas maneras la que más se salta la gente»

Nada más fácil que superar la pérdida de un ser querido: primero oponerse, luego rabiar, probar a negociar hasta caer en una depresión… y, por fin, aceptar que es lo que hay. Cinco sencillas técnicas que todos conocemos, como los dedos de la mano, y que ideó en los años 60 del siglo pasado la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross, tras constatar que el simple hecho de vestirse de negro no bastaba para hacer las paces con una muerte en el círculo íntimo.

Pero los tiempos cambian, y las actitudes ante la muerte no son inmunes a los avances sociales. Como advierte Laura Kavigan, directora del Centro de Estudios Tanatológicos Avanzados de la Universidad de Tucson, «cada vez son más los supervivientes que optan por abreviar, o directamente saltarse la etapa de la negociación». Y lo cierto es que, mientras el resto de etapas se mantiene —la depresión, paradójicamente, sigue siendo la opción más popular—, cada vez nos resulta menos creíble la icónica imagen de Max Von Sydow regateando con la muerte alrededor de un tablero de ajedrez en el clásico film de Bergman.

Los motivos de esta desafección son múltiples: falta de tiempo, pudor de negociar, miedo a la muerte, o la cada vez mayor aversión, en este como en tantos otros ámbitos, a coger el teléfono. Algo está claro, sin embargo: la tendencia cada vez mayor a reemplazar esta etapa por la nigromancia, o la práctica de seguir en contacto con los seres queridos más allá de la tumba, e incluso revivirlos en ocasiones puntuales, desde celebraciones hasta firmas de documentos.

Ahora bien, si los expertos valoran positivamente las ventajas psicológicas de este método también alertan de sus inconvenientes. Revivir a un fallecido permite revertir las consecuencias potencialmente traumáticas de su ausencia, adoptando un papel más activo en el proceso de sanación, pero a costa del descanso del propio interesado. Así lo reconoce Kavigan: «Tendemos, en nuestro biocentrismo, a centrarnos en el acompañamiento del superviviente, y a menudo perdemos de vista el bienestar del desaparecido». Negación, depresión, rabia… el impacto emocional en los revividos puede afectar negativamente las relaciones postmórtem con familares y amigos. «La cuestión es hablar las cosas con antelación», concluye la tanatóloga. «Y, por qué no, coger el hábito de añadir en el testamento una cláusula expresa, consintiendo o no a ser resucitado más adelante».

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