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Una mujer considera jardín zen cualquier jardín en el que no esté su familia

Francesca Pasotti, natural de Alicante, lleva días comentando a sus vecinos la tranquilidad que le aporta su jardín zen. «La tradición milenaria japonesa es lo que realmente necesitaba para calmar mi ansiedad, es como mirar el océano», dice la mujer, que en realidad está disfrutando de la ausencia de toda su familia. «Es la pura belleza del vacío, hace que tu mente viva en el presente y se olvide de todo lo demás», agrega mientras observa un jardín normal y corriente, valorando sin darse cuenta el hecho de que su marido esté a 500 kilómetros de casa, de excursión con sus colegas del pádel.

«Y el jardín zen que han puesto en el parque de enfrente del supermercado tampoco está nada mal», reconoce Pasotti, que ve jardines zen en todas partes desde que vive a sus anchas, sin tener que ocuparse de las necesidades de nadie, solamente de las suyas. «Esas rocas de allí representan a la tigresa con sus cachorros, nadando hacia un dragón», comenta soñadora mientras señala dos piedras que son, en realidad, restos de una obra a medio terminar.

La mujer insiste en que entrar en su casa se parece ahora a adentrarse «en el templo de la calma». Dice también que el feng shui de la habitación de sus hijos es «ideal», apreciando en realidad el hecho de que sus hijos no estén en ella.

«A veces es cuestión de cambiar cuatro cosas para que tu vida mejore. Lo decía la semana pasada Delia Rodríguez en su columna del periódico: ‘No te acostumbres a vivir mal’. Con cuatro cosas que modifiques, tu día a día pasa de la tensión a la serenidad», defiende Pasotti, que el próximo viernes, cuando regresen todos, se dará cuenta de golpe de que esas «cuatro cosas» son, en realidad, su marido y sus tres hijos.

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