Hablando con un amigo el pasado lunes, Ricardo Romareda, natural de Valladolid, llegó a la conclusión de que compartía terapeuta con él, una coincidencia que pronto destapó una gran confusión de la que ha sido víctima los últimos cinco años. «Mi colega describía a la psicóloga como una mujer alta de cuarenta años y no me cuadraba nada. La mía es bajita y tiene más de setenta», explica Romareda. Examinando con detenimiento los buzones del edificio donde la psicóloga pasa consulta, se percató ayer de que la señora a la que lleva años viendo es una viuda llamada María Dolores Carvajal. La terapeuta, la doctora Manuela Sañudo, atiende en la misma planta, pero en otra puerta.
«Yo siempre la llamaba doctora y ella nunca me dijo nada», protesta Romareda, que comprende ahora por qué la mujer le servía pastas y té durante las sesiones de terapia y le llamaba «cariño». «Esta señora me ha ayudado a matar al padre, me ha acompañado en el duelo por la muerte de mi mascota, me ha asesorado en la tira de conflictos laborales», reconoce. María Dolores nunca rechazó su dinero. «Como es muy habitual pagarles en negro, ni siquiera le pedía factura», dice Romareda.
Este paciente asume que lleva cinco años «haciéndole compañía a una viuda, como en una película de Fernando León». Admite, eso sí, que la anciana «sabe escuchar» y que se ha convertido en un pilar para su estabilidad emocional. «Yo siempre la trataba con mucho respeto, le concedía autoridad, y eso nos permitió establecer un vínculo en el que, si había condescendencia, era más bien de ella hacia mí. Nunca sentí que yo le estuviera haciendo un favor a ella. Al contrario. El equívoco nos ha llevado a construir una relación muy sana en la que ella no es una anciana solitaria, sino una persona que me presta una ayuda muy necesaria para mí», razona. «Accidentalmente, le he brindado a esta señora una consideración que no le tocaba, pero que nos ha venido muy bien a los dos», confiesa.
Nada más conocerse la noticia, los pacientes de la doctora Sañudo se han interesado por los servicios de la vecina. «Me ha llamado esta mañana para pasarme la cita del jueves al lunes siguiente. Nunca antes me había movido una sesión. Dice que de repente le vienen a ver muchos nietos, pero me ha insistido en que soy su favorito. Ahora estoy celoso», reconoce Romareda. La terapeuta a la que tendría que haber acudido hace cinco años le ha ofrecido sus servicios, pero ahora él tiene dudas porque cree que no sería lo mismo. «He hecho muchos avances con María Dolores, no creo que sea bueno interrumpir la terapia», dice. «Creo que es lacaniana y no lo sabe», añade.









