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Cambiar el nombre de los antibióticos, principal estrategia para que las bacterias no desarrollen resistencia

Las bacterias son capaces de desarrollar mecanismos de resistencia a antimicrobianos, siendo España un país que destaca por su alta prevalencia, sobre todo en especies que causan infecciones extrahospitalarias. Por este motivo, el Servicio de Microbiología del Hospital Universitario de Murcia lleva años trabajando en estrategias para frustrar la producción de enzimas bacterianas que bloquean los antibióticos y que impiden la llegada de los fármacos al punto diana. «Al final, la solución más simple es la más efectiva: se cambia el nombre del antibiótico y la bacteria se confunde, no sabe a qué se está enfrentando», explica el doctor Rosendo Huerta, responsable de una nueva metodología consistente en cambiar el nombre de la amoxicilina por ximoforcina «y ver qué pasa».

Como ocurre con algunos hallazgos científicos, la idea surgió por casualidad. «Tenemos un becario en el equipo que se suele liar con las palabras y escribió mal el nombre de un compuesto. Las bacterias se hicieron la picha un lío, no sabían qué enzima debían producir para un fármaco que parecía distinto», dice Huerta. «No son tan listas como parece, es posible que, cambiando el color de la caja, ya se piensen que es otro medicamento», aventura el experto.

El informe, difundido esta mañana, se compromete a proponer formalmente a la OMS un cambio de denominación de los antibióticos. «Si, en vez de usar esta palabra, los llamamos anticipóticos o algo así, las bacterias pensarán que la cosa no va con ellas, se relajarán y no intentarán resistirse», argumenta Huerta.

El gran reto, según señalan los especialistas, es «que nosotros mismos no nos liemos con los nombres, porque entonces el remedio será peor que la enfermedad».

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