Desde que sus familiares le esconden los bollos de chocolate en lugares cada vez más inaccesibles de la cocina, Pedro M. Gómez pasa las mañanas y las noches dando saltos, estirando su cuerpo todo lo posible y flexionando las piernas para alcanzar su objetivo sin rendirse. «Siempre ha odiado el ejercicio, pero ahora está muy fuerte y puede levantar el peso de todo su cuerpo con un solo brazo mientras con el otro empuja el paquete de bollitos para que caiga en la encimera», explica su esposa.
Aunque él insiste en que sus músculos «han sido siempre así», su familia ya sabe en qué sitios debe esconder la bollería industrial para que desarrolle ciertas partes de su cuerpo. «Las semanas que queremos que haga cardio y piernas, dejamos los bollos en el armario que está encima de la nevera. Cuando nos interesa trabajar sus abdominales, los guardamos en el armario de abajo del todo, casi al fondo», dicen los familiares, que han elaborado una tabla completa de ejercicios con la ayuda del entrenador personal que Pedro siempre se negó a contratar.
«Como lo que quiero y no engordo, es mi constitución», asegura este hombre, que consume una media de mil calorías diarias buscando comida en la cocina.
En estos momentos, la familia está enfrascada en el diseño de un bollo con ruedas que permitiría a Pedro salir a la calle a hacer running.









