A pesar de registrar su peor dato de audiencia, el programa de Bertín Osborne ha tenido gran repercusión en los medios con su última entrega, en la que charlaba con el expresidente del Gobierno José María Aznar. Los más críticos afirman que fue una entrevista demasiado amable, incluso la califican como “un masaje”. A continuación, ofrecemos los mejores momentos de este encuentro.

El programa empezó con un efusivo abrazo entre los dos, momento en que Bertín aprovechó para comentar el buen estado físico de Aznar:

Bertín: Madre mía, José María… Eres pura fibra.
Aznar: Bueno… Me cuido… Tú también estás bien, Bertín.
Bertín: Ja ja ja… Zalamero…

Fue muy comentado en Twitter el momento en el que Bertín, con la habilidad que dan los años de práctica, empezó a desvestirse de abajo arriba con una mano sin dejar de trabajar el material con la otra: zapatos, calcetines, pantalón, camisa. Todo en orden metódico. Riguroso. Al llegar a los últimos botones de la camisa, Aznar se retiró un poco. Estaba de rodillas ante él, con el traje reducido a una arruga de satén en torno a las caderas, y lo miraba complacido. Relampagueaban reflejos pajizos en sus iris castaños. “Estás bien, españolito”, dijo Aznar. “Estás muy bien”, agregó.

Después de la primera pausa para la publicidad, la camaradería siguió. Bertín contempló el abdomen firme y musculado de Aznar, enmarcado por la tela blanca, y llevó ambas manos hasta el encuentro de sus pectorales. Apoyó las palmas. El calor que trasmitía, el subir y bajar de su pecho al ritmo de su respiración agitada, se le antojó la definición misma de la vida. Con lentitud desesperante, deslizó la prenda sobre sus hombros, luego sus brazos y dejó su torso desnudo. Por un segundo, quiso abandonar la sesión que disfrutaban para apoyar la mejilla en él y refugiarse entre sus brazos, como tantas veces había hecho en el pasado. Pero ya habría tiempo para eso.

Trazó una estela de besos húmedos sobre su cuello, arrancándole un gruñido impaciente. Como todos los españoles saben, ese es uno de sus puntos débiles de Aznar, y se entregó a su nuca y sus hombros con dedicación. Pronto atacaría más zonas vulnerables.

Tras charlar brevemente sobre Cataluña, Bertín volvió frente a Aznar con una nueva determinación. Mordió sus labios, su mentón, y arrastró la boca por la bisectriz de su cuerpo hasta caer de rodillas en la gruesa alfombra. Sus manos ávidas desabrocharon el cinturón y el pantalón, que pendieron un segundo de sus caderas para terminar después en sus tobillos.

Aznar jadeaba. Notó sus rodillas ya menos firmes al desplazar la otra mano por sus corvas. Sabía lo que venía después. Bertín jugueteó con los dedos entre sus muslos, ascendiendo con calma hasta llegar a la zona firme tras sus testículos. Presionó. Aznar soltó un gruñido casi angustioso. Sabía que la rendición se acercaba. Bertín soltó su presa, llevó los dedos hasta sus labios y los cubrió con saliva. Y los devolvió a su lugar entre los glúteos de piedra de José María.

Bertín se arrodilló y le introdujo los dedos en el sexo a Aznar, que sonreía.

“Dime puta”, dijo Aznar.

“Puta”, dijo Bertín.

Y las cámaras de Telecinco captaron cómo se intensificaba la sonrisa obscena del expresidente.

“Ahora dime puerca”, dijo Aznar.

“Puerca”, dijo Bertín.

El presentador quiso tumbar al político de espaldas en la alfombra, pero éste se escabulló, riendo. Después se dio la vuelta, poniéndose a cuatro patas. Sólo faltaba música de Wagner, como comentó en Twitter la audiencia.

En ese momento del programa, tuvo lugar la primera sorpresa. Sonó el timbre y apareció Arturo Pérez Reverte vestido de pizzero. Enseguida, la conversación se trasladó a la habitación. A los pies de la cama y en una bandeja de madera patinada por la edad, había tres copas de Chianti. Esas copas se quedaron sin tocar, pero ellos no…

Aznar, el dominante, continuó algunos instantes más libando los pliegues de Pérez Reverte, que se retorcía de placer. Cuando él se puso de pie, el interior de los muslos nacarados brillaban empapados en su esencia, los pliegues estaban hinchados. El núcleo del placer de Bertín vibró.

El cuerpo de Aznar se achicó, se fue encogiendo, se contrajo sobre él mismo y comprimió toda su energía justo antes de que la gran expansión, que el universo, la nada, se repartieran hacia el infinito. Su cuerpo ya no era suyo, no se distinguía de los cuerpos de los demás y el gozo no le pertenecía, no era suyo ni era de nadie… Era de todos.

Su mente se inflamó de recuerdos y su cuerpo ardió en deseo; apetitos secretos de volver a sentir a George Bush Jr entrar en su sexo, sensaciones sólo definibles con aullidos. En ese momento el expresidente rememoró las fotos de las Azores, cerrando los ojos y apretando las sábanas con los puños.

Mientras tanto, la desazón de Bertín y Pérez Reverte se hallaba en un punto de no retorno, en ese angustiosamente placentero descenso sin frenos al que unos amantes sólo se dejan llevar por quien no les va a frenar.

“Como pares, ¡te mato!”, gritó Aznar, amando el arte del presentador de Telecinco.

Segundos después, abrió los ojos y le observó sonreír. Aún con el aliento acelerado y la voz entrecortada, le preguntó: “¿Qué me has hecho?”. Bertín se levantó despacio de la cama y le dijo: “Me debes una, morena”.

Después, tras el último bloque publicitario, criticaron a la izquierda en el jacuzzi.