El pasado 26 de mayo, una carga explosiva colocada en la base de la ya mítica Casa Tarradellas hacía que ésta se derrumbara hasta sus cimientos. Josep y Àngels, la pareja de ancianos propietarios de la vivienda, observaron entre lágrimas cómo su residencia se venía abajo en cuestión de segundos. El motivo: construir en su lugar una pizzería con servicio de reparto a domicilio.

La Casa Tarradellas, dedicada también al negocio de las pizzas, hacía varias décadas que había abierto sus puertas y era querida y respetada por los vecinos de la zona. “Siempre tenían visita. Nietos, yernos, sobrinos, publicistas, maquilladores, iluminadores… siempre rodando anuncios” cuenta Eugenio, que vive en un chalé cercano.

“Les dio tiempo a sacar lo básico: algo de ropa, las bases de pizza y un poco de salami” añade sin poder contener las lágrimas. “Es una pena que los fabricantes artesanales de pizza precongelada sean sustituidos por fabricantes de pizza precongelada”, argumenta.

Diversos colectivos sociales y vecinos cercanos a la Casa Tarradellas han calificado el suceso de “salvajada capitalista” y de “algo propio de los típicos mafiosos del lobby pizzero, que no soportan la competencia”.

También ha indignado a los vecinos que los dueños de la nueva pizzería, una franquicia de Telepizza, hayan obligado a la anciana de la Casa Tarradellas a repartir pizzas en una vespino. “No nos quejamos sólo por la crueldad que supone sino también porque esa mujer ya no está para conducir motos. Ha atropellado ya a seis vecinos y la pizza llega fría porque tarda un huevo”, afirman.

Josep, por su parte, ha caído en una profunda depresión y lleva varias semanas tumbado en el sillón viendo una y otra vez los spots publicitarios que protagonizó junto a su esposa durante años. “Queda con el abuelo de los Wherter’s para hablar de los viejos tiempos, cuando eran jóvenes y hacían de viejos en los anuncios de siempre”, explica su esposa.