Fernando Aparicio, gerente de una multinacional con sede en Madrid, ha reunido a su equipo esta mañana para organizar las sustituciones de verano. En esta reunión se encontraba Nacho Luján, un becario que se incorporó a la oficina hace dos días y que, sin esperarlo, ha recibido un encargo que cree que le sobrepasa.

“Iba como oyente y, al final, cuando había que decidir quién se encargaba del matrimonio del señor Aparicio durante su ‘workshop’ en Sidney, nadie levantaba la mano y me ha tocado a mí”, explica este joven estudiante de 23 años, que nunca ha asumido una responsabilidad similar. “No conozco a su mujer ni a sus niños, me van a vacilar”, se queja.

“Aprenderá cosas que no enseñan en la universidad”, dice el ejecutivo

El empresario asegura que “el miedo inicial del crío es comprensible, todos hemos sido novatos”, pero insiste en que “solo se aprende a nadar lanzándose a la piscina”. Aparicio es consciente de que su matrimonio es importante “para mi estabilidad y, por extensión, para la de la empresa”, pero el personal de la oficina está ocupado con otras cosas y no puede dedicar el verano a ayudar a sus hijos con los deberes y a cumplir, en definitiva, con las obligaciones conyugales del gerente.

“Me ha dicho que su mujer ha visto mi curriculum y está encantada, pero yo también la he visto a ella en fotos y es una señora de sesenta años con la que no me veo, sinceramente”, dice el becario.

Aparicio, que considera que “un buen empresario no puede separar la vida personal de la profesional”, cree que Nacho es un chaval afortunado.

“Un matrimonio es como una empresa, y el mío está en quiebra. Dejo en sus manos un desafío que le obligará a crecerse como empleado y como persona. Lo que aprenderá este verano no se lo van a enseñar en ninguna universidad”, sentencia el ejecutivo.