Los transformers abandonan Nueva York para convertirse en trabajadores de a pie, víctimas de la lucha de clases

Ken Loach busca una vez más sacudir las conciencias de la sociedad contemporánea con el fin de mejorar sustancialmente las condiciones de la clase trabajadora. En este caso, de un tipo de obrero largamente olvidado: el gigantesco monstruo mecanizado de origen alienígena.

Tras el exitoso grupo de películas en las que se mostraba a los transformers como despreocupados robots que luchan entre sí, destrozando rascacielos en la Gran Manzana, el director de “Tierra y libertad” toma las riendas de la franquicia para reenfocarla y centrarse, como es habitual en su trayectoria, heredera del “british social realism”, en los elementos de su “cine obrero”: el robot humilde oprimido por condiciones socioeconómicas adversas.

Como en todas las películas de Loach, los hombres de a pie vuelven a ser los protagonistas de un problema mucho más amplio que, a la luz del incisivo microscopio del cineasta británico, toma cuerpo sin perder entidad. La diferencia es que, en este caso, dichos hombres de a pie son un grupo de transformers en el paro que pasan sus días en el pub, jugando a fútbol o viendo pasar trenes (trenes que también son transformers, por cierto).

El filme arranca cuando cierra la fábrica de automóviles en la que trabajan y los transformers deben aceptar una injusta indemnización que apenas les dará para vivir, asumiendo que tienen que empezar a buscar trabajo. Algunos, aprovechando su condición de transformers que pueden convertirse en vehículos de uso civil, aceptarán trabajos de taxista, repartirán pizzas y otro se transformará en un autobús escolar. Éste es el único que aprenderá a sobrellevar su nuevo estado con ilusión: la misma que le contagian los niños a los que transporta para que disputen partidos de fútbol por la campiña inglesa.

Los habituales elementos de humor en las películas de Loach simplemente aliñan su discurso, siempre a favor de los trabajadores, y funcionan de válvula de escape para situaciones realmente duras y adversas. Por ejemplo, la que retrata la escena en la que “Escrotobot”, un enorme transformer-grúa que ha perdido su trabajo en la construcción, llora desconsoladamente porque debe seguir haciéndose cargo de su padre: un cyborg anciano con problemas de memoria.

En definitiva, el “giro europeo” y social que ha dado Loach a la saga de Transformers resulta una bocanada de aire fresco que ayuda, más que nunca, a humanizar a los monstruos mecanizados en una obra que constituye un desgarrado grito contra la injusticia social.

Lo mejor: El discurso de inconformismo robótico.

Lo peor: Es difícil empatizar con descomunales cyborgs de cientos de toneladas.

Valoración El Mundo Today: ★★★★★