Pancho, un joven bulldog residente en Salamanca, fue conducido ayer a la clínica veterinaria “Avetecán”, donde se le implantó un microchip subcutáneo sin su expreso consentimiento.

“No fuimos por el chip sino para ponerle una vacuna, pero nos dijeron que el perro tenía que llevar chip de identificación y aprovechamos para ponérselo”, se justifica su dueño Javier Rolto, que aclara que “el chip es como un DNI por si se pierde, no tiene más complicación”.

Dolores Parmalat, portavoz en España de la protectora de animales PETA, afirma que los dueños y el veterinario tendrían que haberle hecho firmar a Pancho un documento que acreditara su consentimiento informado. “La confianza se erosiona cuando el animal percibe que se le ocultan cosas. Ahora cree que está siendo vigilado por instancias que le superan y la verdad es que tiene toda la razón”, declara Parmalat.

Cree que sus dueños son marionetas al servicio de intereses espurios

A juzgar por su repentino cambio de actitud, el perro desconfía de la versión oficial que insiste en que el chip es inocuo. “Se ha vuelto desconfiado y ya no va a buscar el palo cuando se lo tiramos por si está impregnado de alguna sustancia diseñada para controlar su mente. También se niega a aceptar comida que no haya conseguido él por sus propios medios y en general rehuye el contacto humano”, lamenta Rolto. “Siempre ha sido el alma de la casa y solo queremos lo mejor para él, pero se ha roto el vínculo de complicidad que nos unía”, admite.

Isabel, la esposa de Javier, siente que ha traicionado al animal pese a ser consciente de que el microchip se le implantó por su bien. “Se te queda mirando como diciendo ‘sé que no es nada personal, que actúas como una marioneta al servicio del Gobierno y de sus intereses, pero yo debo protegerme de estos hilos que a vosotros os manejan en la sombra y no caeré preso de las garras de las grandes corporaciones que quieren controlar nuestros movimientos a todas horas y moldear nuestra identidad para mantenernos sometidos'”, argumenta.

Habiendo pasado toda la tarde en huelga de hambre, Pancho aprovechó que oscurecía para huir. “No se despidió ni nada, empujó la puerta del jardín y se fue para comenzar una nueva vida en el anonimato, al margen de la sociedad opresora y en estado de libre salvajismo”, explica Isabel.

Finalmente, el perro fue visto a las once de la noche, en compañía de otros rebeldes, por un agente de la Guardia Civil que lo pudo identificar, precisamente, gracias al chip subcutáneo. “Por un lado el chip le salvó, pero también confirmó sus sospechas: ahora sabe positivamente que está fichado y que no puede escapar del Estado opresor. Será imposible que cambie de idea porque la realidad le ha confirmado sus paranoias”, dice Javier.

El matrimonio, que espera una niña “a la que no sabemos si empadronar, visto lo visto”, lamenta que el pequeño Pancho no se sienta a gusto en un hogar que en otros tiempos era fuente de cariño y bienestar. “Le adoramos pero, si sigue creyendo que somos instrumentos del Leviatán, no tendremos más remedio que sacrificarlo para que no se vuelva loco por el miedo”, afirma Isabel.

Como si hubiera entendido estas últimas palabras, el bulldog intentó fugarse por segunda vez a la desesperada, chocando contra la valla electrificada y cayendo al suelo aturdido mientras clamaba al cielo profiriendo gemidos de desesperanza.