Por culpa de una avería en unas escaleras mecánicas del metro de Madrid, que se detuvieron de improviso, Mauro Albunde lleva retenido varias horas ante la indiferencia de la gente. 

“Procuro no mirar hacia atrás porque me entra el vértigo. Oigo el metro ir y venir mientras todos usan las escaleras normales y me pregunto por qué me tenía que pasar esto a mí”, se lamenta. Su caso muestra cuán dependientes somos de la tecnología moderna.

El entrevistado, de 62 años, recuerda que en sus tiempos no existían estos artefactos automatizados y no ocurrían desgracias como la suya. En el último tramo de su larga vida, se ha quedado encerrado dos veces en un ascensor, pero reconoce que este último incidente de las escaleras mecánicas es el más molesto “porque no me atrevo a sentarme, no vaya a ser que se activen de repente y caiga rodando, abriéndome la cabeza contra uno de esos peldaños metálicos, que no entiendo por qué son tan afilados”, explica. Son ya seis horas aguantando de pie estoicamente, pidiendo ayuda, y su desesperación le lleva a devorar la bolsa de patatas fritas que le he traído para animarle.

“Fíjate en lo absurdo que es todo. Estás tú a mi lado, hablando conmigo desde las escaleras normales, y yo no puedo ni moverme. Eres el único que me ha traído comida. La gente ni me ve, todos van a su rollo”, se queja Mauro. La opción de subir a través de los inmóviles peldaños de hierro le aterra. Y lo de bajar, por supuesto, ni se lo plantea. “Si se activan de golpe, estoy muerto”, insiste, añadiendo que su sentido del equilibrio es muy precario.

No me atrevo ni a mirar atrás

El afectado considera que los ciudadanos no estamos preparados para afrontar estas situaciones imprevistas. “En los aviones te enseñan de todo por si acaso, y aquí en cambio no sabes cómo escapar”, argumenta. Mauro cree que, en general, las instrucciones que se nos dan desde la megafonía son vagas y confusas: “Una vez dijeron que dejáramos salir antes de entrar. Yo esperé. Cuando paró de salir gente, grité si quedaba alguien por salir, y mientras esperaba una respuesta las puertas del vagón se cerraron delante de mis narices. Intentas hacer las cosas bien y te sale todo mal”, añade.

Confiesa que muchas veces sueña con puertas giratorias: “Me meto en una y se me pasa la salida, así que voy dando vueltas hasta que me mareo, pierdo el conocimiento y la puerta me traga”.

En medio de la charla, aparece un operario del metro, que nos ha visto hablando y pregunta qué ocurre. Mauro no le ve porque está de espaldas -no se atreve a cambiar de postura-, pero me acerco al técnico y le pido que intente poner de nuevo en movimiento las escaleras y acabar de una vez con el calvario. “Esto es que algún gilipollas le ha dado al botón de parar”, aclara con desgana, y pulsa un botón verde como si llevara toda la vida repitiendo la misma escena. Las escaleras mecánicas vuelven de nuevo a la vida, pero lo hacen moviéndose hacia abajo. Mauro grita, apenas sin darse cuenta de lo que ocurre. “¡Hacia arriba! ¡Arriba! ¡Al revés!”, chilla mientras su cuerpo desciende de espaldas, agitando su brazo izquierdo mientras se agarra tembloroso a la barandilla de goma con la mano derecha.

Los segundos pasan como si fueran minutos. El operario ya se ha ido y Mauro pierde los nervios, actuando como si se estuviera precipitando al vacío. “¡No veo nada!”, exclama, y el terror empuja su cuerpo hacia atrás. La escaleras barren a la víctima hacia el suelo y, con dos costillas rotas y una contusión craneal, Mauro Albunde sale en camilla al exterior viendo cumplida su peor pesadilla.

Metro de Madrid. Estación de Lavapiés.

– Patatas fritas Lays.

Total: 1€.