“Natalia, Raquel y Juan de contabilidad serían los primeros. Luego caerían el señor Fermín y el becario”, dice de memoria Jordi Seitó, un analista de sistemas de 37 años que conoce exactamente el orden en el que sus compañeros de trabajo serían devorados por los muertos vivientes en el hipotético caso de que la oficina fuera rodeada por una horda de zombis.

Según él, no es que haya pensado demasiado en el asunto, sino que la llamada “amenaza zombie” es un escenario que se le pasa por la cabeza en ocasiones “y saber los que sucumbirían primero es sumar dos más dos”.

Según Jordi, tras superar recepción y contabilidad “y devorar la cara del becario”, los siguientes compañeros de trabajo en ser destripados serían los integrantes del departamento de márketing. “Luego vendrían los programadores: no tendrían ninguna posibilidad porque están gordos y no supondrían una gran resistencia para las dentellas de los zombis”, informa.

“En un escenario zombi esta gente no tendría ninguna puta oportunidad de supervivencia”

Jordi asegura, no obstante, que no querría dar la impresión de que, con la enorme cantidad de trabajo que tiene, puede permitirse perder el tiempo en mantener la mente ocupada con “chorradas de apocalipsis y muerte”, pero dice que si alguien quiere consultarlo dispone de un documento de Excel con el listado cronológico de las muertes horribles de sus compañeros de trabajo.

El analista de sistemas considera que para él sería “absolutamente horrible” contemplar cómo el jefe de su departamento es destripado entre gritos agónicos. “Para entonces yo ya estaría refugiado en la cocina de la oficina, un sitio con acceso a comida y donde es fácil construir un fuerte con dos o tres mesas, pero claro, desde allí ver morir a gente con la que convives ocho horas al día sería algo traumático. Suerte que nada de esto ocurrirá nunca. Es un puto alivio, gracias a Dios. A mí no me gustaría, vaya”.

Sin embargo, ha declarado que lo más duro no sería saberse la única persona de la oficina con posibilidades de sobrevivir, sino tener que eliminar a sus compañeros una vez se hubieran convertido en zombis ellos también y, por ejemplo, tener que reventar a golpes de extintor “la puta cabeza de Ana”, la responsable de Recursos Humanos. Según sus cálculos, los restos de su cerebro salpicarían todo el escritorio “y especialmente el maldito marco con la foto de su adorable familia y su puto bebé”. Según Jordi, también hay muchas posibilidades de que queden cubiertos de sangre y vísceras los horribles dibujos infantiles de su hija mayor así como “la estúpida blusita de flores que le toque llevar el día que sea que se levanten los muertos”.

“Por suerte nada de eso sucederá nunca y es mejor no malgastar pensamientos en ello”, dice quitando importancia al hecho de haber visualizado una y otra vez a sus compañeros convertidos en monstruos y devorándose mutuamente y en riguroso orden en base a sus probabilidades de supervivencia.

“Lo mejor es no encariñarse con la gente”, concluye.