Mariela Campurza ha recibido esta mañana, envuelto en una bolsa de plástico con la inscripción “Feliz cumpleaños”, el riñón derecho de su propio esposo, que supuestamente se encontraba en el extranjero por negocios. “Es un caso. Me oyó hablar de los transplantes de órganos con unas amigas y se quedó con la copla”, explica la mujer. En realidad, su marido está ingresado en el Hospital General de Vic, recuperándose tras la extracción de su riñón y “esperando haber acertado con el regalo, porque me ha costado un riñón”.

“Lo he probado y funciona”, asegura el marido

El señor Campurza reconoce que su regalo es, cuanto menos, inusual. “Es que ya no sabía qué regalarle. La ropa se la compra ella, para las joyas soy un desastre, y siempre me dice que piense en cosas que le sean útiles. Yo creo que un riñón es muy útil, te puede salvar la vida, y prefiero regalarle uno que yo haya probado y que sepa que funciona. Tampoco soportaría que le metieran el de otro hombre, como es natural”, argumenta el esposo de Mariela.

Primeras objeciones tras la sorpresa inicial

Con el riñón ya en la nevera, Mariela expresa su temor a que el órgano no sea compatible con su cuerpo. “Ya le pasó con un reloj que me compró sin acordarse de que soy alérgica al cuero. A ver ahora con esto, porque siempre pasa lo mismo”, explica. Al ser consultado sobre el tema de la compatibilidad, el marido admite que no preguntó nada a los expertos. “Somos marido y mujer, coño, tiene que funcionarle. Cuando se le estropea el coche siempre le dejo el mío y sin problemas. ¿A qué viene esta paranoia ahora?”, se queja el señor Campurza.

“Tranquilo Pepe, que si no me va lo devuelves. Porque entiendo que preguntaste a estos señores si se podía devolver, ¿no?”, apunta la mujer por teléfono. El esposo, claramente contrariado, golpea con el puño la barra metálica de la cama del hospital y grita que “si no le va bien, que lo cocine con unos ajitos y a tomar por culo”. A esta sugerencia, Mariela responde que “él tendría que saber que el ajo se me repite. Al final pasará lo de siempre: le prepararé el riñón con ajitos tiernos y será él quien se lo comerá. A ver si aprende a hacer regalos pensando en la persona que los va a recibir y no en su propio provecho. Pero me temo que el egoísmo no se puede extirpar. Que lo pregunte, por si acaso, porque esto sí sería un buen regalo y no esta mierda de los cojones”.