Ayer a la 1.35 de la tarde, hora local (8.35 en la Península), fue liberado Jacques Vitelle, un francés secuestrado por las FARC hace siete meses en el sur de Colombia. Vitelle, natural de Lyon y empleado ocasional en un taller de bicicletas, viajó a la selva colombiana en busca de una joven que había conocido en Internet y fue capturado mientras orinaba tras unos arbustos. Permaneció en poder de la guerrilla siempre en un segundo plano, apenas sin relacionarse con los guerrilleros, que se referían a él como “El pulseritas” dada su habilidad para fabricar pulseras con raíces y pétalos de flores. 

Retenido inicialmente para presionar a las autoridades francesas, los guerrilleros pronto se dieron cuenta de que a nadie le importaba lo más mínimo el secuestro de este ciudadano, que ha sido definido por sus propios allegados como “un inútil”.

Vitelle ha aterrizado hoy en el aeropuerto de Lyon-Saint Exupéry y nada más salir del avión se ha reencontrado con su madre, a la que ha ofrecido unas pulseras que guardaba en el bolsillo derecho de sus bermudas. La madre le ha propinado un bofetón y ambos se han dirigido a la estación de autobuses sin despertar la más mínima atención mediática. La mujer maldice la liberación de Vitelle “porque alquilé su habitación a unos Erasmus y ahora ya me dirás tú dónde coloco a este holgazán. No sirve ni para donar órganos”. El francés liberado presenta un aspecto demacrado tras siete meses durmiendo a la intemperie, pero su madre insiste en que “siempre ha sido un dejado”.

“Un calvario tranquilo”

Vitelle define su reclusión como “un calvario tranquilo” y se muestra sereno. Explica que fue liberado porque “una tarde dije que me aburría y me dijeron ‘Pues vete’, y entonces me levanté y me fui”. Reconoce que echaba de menos a su madre “y a mis geranios”, aunque la madre se queja de que “no ha enviado ni una sola postal durante el secuestro y ni siquiera ha llorado como Ingrid Betancourt. A ella sí daba gusto verla. Lo de mi hijo es una vergüenza”.