Pilar García, santanderina de 41 años, llamó ayer a la Policía Nacional tras volver a casa del trabajo y encontrar en el salón a siete mimos de entre 20 y 35 años de edad. Asustada porque los mimos solo se comunicaban con gestos y se movían de forma extraña, García decidió encerrarlos tras una pared de cristal a la espera de que acudieran las autoridades. “Estaba asustada. Recordé las peores escenas de ‘La naranja mecánica’. Llamé a mi marido pero su teléfono no tenía cobertura. Finalmente llegó de la oficina justo cuando los agentes se disponían a utilizar la fuerza con los payasos, que soltaron una paloma de la paz que se cagó en mi sofá de alcántara”, explica la mujer. Su esposo, Rogelio Martín, explicó que había contratado a los mimos y les había dado las llaves de su casa para que atendieran a su esposa cuando ésta llegara de la oficina. “No entiendo nada. Pilar me dijo ayer que quería mimos y que yo no se los daba porque me pasaba el día trabajando. Quedamos en que le daría mimos, los que ella quisiera. Juro que le pareció bien”, declara incrédulo. Pilar acusa a su marido de haberle dado “el susto de mi vida”.

“A mí me pareció raro que quisiera mimos porque siempre le han dado grima. Quizá era una broma y yo me lo tomé en serio. Me gustaría aclararlo pero no quiere hablar conmigo. Se ha atrincherado detrás de la pared de cristal y cada vez parece más furiosa” explica Rogelio, que sigue sin comprender la situación y ha recurrido a los mimos “porque, como Pilar se niega a hablarme, quizá ellos consiguen sacarle información con el lenguaje ese de los gestos. Y así de paso los amortizo”, confiesa. La estrategia del marido no parece surtir efecto. De hecho, uno de los mimos ha decidido abandonar el domicilio con gestos de desaprobación tras recibir una contundente patada de la mujer.

Rogelio Martín reconoce que su esposa es “un poco especialita”. Declara que en ocasiones entra en cólera inexplicablemente: “Un día me preguntó ‘¿Qué cambiarías de mí?’ y le ofrecí una lista de partes del cuerpo que me gustaría que fueran de otra forma, así como maneras de pensar y de comportarse que podrían mejorar. Me empleé a fondo para complacerla y se fue a vivir a casa de su madre durante tres semanas”, dice Martín. También se queja de haber sido agredido físicamente cuando Pilar le preguntó “¿En qué piensas?” y él respondió “En una tía que me ha mirado en el metro”.