Esperar a que amainara se le hizo muy pesado.

“Yo estoy aquí por la lluvia, caballero”, gritaba Mario a cada hombre que se le acercaba demasiado. “¡Por la lluvia de hombres!”, le contestaba la docena y media de homosexuales sin camiseta que bailaba al ritmo del himno gay “It’s raining men”, de Gloria Gaynor. Mario Piedraplana no dejaba de mirar el espectáculo de soslayo, preguntando si alguien podía prestarle un paraguas. Lo único que le ofrecieron fueron sombrillitas de papel que acompañaban a los dieciséis Cosmopolitan que consumió. “Tenía que hacer tiempo de alguna manera y, aunque ciertamente fuera no llovía, no podía arriesgarme a salir y quedar empapado. Es muy desagradable la sensación de la ropa húmeda acariciando suavemente tus pezones”, explica. “Preferí esperar a que cayera el aguacero, lo mejor era salir cuando amainara”.

Mientras esperaba, Mario apuntó los números de teléfono de los nuevos amigos que conoció en el local. “Que yo sepa, ninguno de ellos es homosexual. Tampoco es que me interese el tema o sepa reconocerlos. Yo soy de Murcia y allí no tenemos de eso”, se queja Piedraplana cuando se le dice que lo de la lluvia es una excusa muy débil. “Normalmente suelo refugiarme del agua en una sauna. No sé a qué viene tanto revuelo”.