Cuando Josefina Bagras contrajo matrimonio con su esposo, poco podía sospechar que éste padecía un trastorno. “Al principio era amable y formal, se podía hablar con él. Con los años fue cambiando y hoy la convivencia es difícil. Hay que esforzarse mucho” reconoce Josefina al tiempo que Juanjo, su marido, quema la hoja de un geranio con un mechero. La mujer le llama la atención y, con los ojos llorosos, se disculpa por él: “Lo siento. Es muy imbécil”.

Josefina y Juanjo, que siempre lleva una mochila llena de piedras.

A la entrevistada le costó aceptar que nos viéramos en un local público. En su propio domicilio tampoco estaba dispuesta a quedar “porque allí Juanjo juega en casa y se crece”. Y salir sin su marido, imposible: “La última vez que le dejé solo fue porque tenía que hacerme unos análisis. Cuando volví, había una pancarta en el salón que decía ‘¡Bienvenida!’, en plan fiesta sorpresa, y me lo encontré rodeado de gatos callejeros que jugaban con confeti. Había como quince, no sé de dónde los sacó”, explica mientras Juanjo me susurra al oído lo que ella acaba de decir: “Había como quince…”.

Cuando llega el camarero, Josefina y yo pedimos una ensalada de la casa y el filete especial. Juanjo saca un mapa de España del bolsillo y, señalando Aragón, dice: “Yo quiero esto de aquí”. Ante la mirada atónita del camarero, Josefina se ve obligada a repetir que lo siente mucho y que su marido es imbécil. Lo dice acariciando a Juanjo, que ronronea, y pide que le traigan un estofado a su esposo. “Pero que no me vacile mucho, ¿eh?”, solicita el camarero. “Ya paro, ya paro, mil disculpas”, dice Juanjo.

Josefina me comenta que está harta de pedir perdón y cree que si Juanjo fuese cojo o autista la gente lo aceptaría más fácilmente. Ahora, asegura, se utiliza a los imbéciles para aumentar la audiencia de los programas de televisión, alentando un trastorno que convierte a las buenas personas en seres indeseables. “Falta concienciación social y faltan medios. Yo sola no puedo con él”, se lamenta. Juanjo se ha levantado e imita a una azafata de vuelo dando instrucciones de seguridad. El camarero le reprende y él, desafiante, le pregunta cuántas clases de la universidad hay que saltarse para acabar trabajando en un bar. Cuando su adversario se dispone a darle una buena bofetada, Juanjo utiliza a un niño como escudo. La entrevistada pide comprensión y dice que se encargará de controlar mejor al imbécil. Promete también una propina generosa. “Mil disculpas, no volverá a repetirse” apunta, de nuevo, Juanjo.

Según la Organización Mundial de la Salud, cada año caen en la imbecilidad unas doce mil personas en España. “Y esos son los que están diagnosticados, porque hay otros muchos que, por ser creativos publicitarios, directores de marketing o gente de la televisión, son jaleados por su entorno y nunca llegan a integrarse en la sociedad” afirma la entrevistada, que ignora lo que puede provocar esa disfunción psicológica. “Cuando trabajaba en el taller mecánico no tenía tiempo para tonterías. Se volvió imbécil justo cuando le asignaron un despacho” sostiene Josefina mientras forcejea con su esposo para que éste no le quite el teléfono móvil. “Quiere llamar a la SGAE para enviar a un inspector”, me aclara la mujer. “Siempre lo hace cuando está en un local con música y lo peor es que siempre le siguen el juego, y eso que ya le conocen. Lo único que pido es que la gente se tome en serio ese problema”.

Restaurante Hermanos Morillas.

– Dos ensaladas de la casa.
– Dos filetes especiales.
– Estofado casero.
– Dos cafés.

Total: 25 €.