Benedicto XVI fue sorprendido ayer, durante una comida con los párrocos y sacerdotes de la diócesis de Roma, succionando la cabeza de una gamba tras haberla separado del resto del cuerpo con sus propios dedos. La escena fue descrita por uno de los testimonios como “un escalofriante acto de crudeza” y, aunque fuentes del Vaticano defienden que el Papa “puede comer gambas como cualquier otra persona”, la visión de una personalidad tan emblemática lamiendo el jugo verde que emanaba de la cabeza de un crustáceo escandalizó a muchos de los asistentes al convite.

“Su Santidad no es una persona normal y corriente. Verle chupar cabezas de animales se aleja demasiado de lo que su figura simboliza, deteriora la imagen de la Iglesia. Ha sido un error de protocolo, no se calculó bien el efecto que tendría en sus seguidores” ha admitido uno de los feligreses que estuvieron en la comida. El Papa se ha limitado a quitar hierro al asunto y a pedir que no se amplifique una mera anécdota.

Dolores Parmalat, portavoz en España de la protectora de animales PETA, lamenta que Benedicto XVI “sea capaz de hacerle a una gamba lo que nadie se hubiera atrevido a hacerle al propio Jesucristo”. De hecho, ya han empezado a circular por Internet teorías conspiranoicas acerca del carácter presuntamente sádico del Papa e incluso se habla de “la gamba de Ratzinger” como de un símbolo que alude a todas las víctimas del fanatismo religioso.

Es la primera vez que un alto representante de la Iglesia es visto lamiendo una cabeza y el Vaticano confía en que la práctica “llegue a normalizarse sin que nadie se rasgue las vestiduras”. El antropólogo Joeff Brinn, de la Universidad de Oxford, cree que “es preferible que la agresividad se focalice en los crustáceos y no en las personas. Recordemos las prácticas de la Santa Inquisición”.