No hay sector laboral que no sienta los estragos de la crisis. Según datos de la Policía Nacional, los asesinatos por encargo se han reducido un 60% este 2009. Los altos costes que supone contratar un sicario han hecho que muchos empresarios hayan decidido resolver sus problemas mediante el diálogo. Hoy he comido en un restaurante mexicano con Jardiel “El ponzoñoso de abajo” Marín, un asesino que, para llegar a fin de mes, se ha visto obligado a dar clases particulares a adolescentes.

Al entrar en “El rincón Maya”, uno de los mejores restaurantes mexicanos de Barcelona, encuentro sentado en una de las mesas a un hombre joven y de complexión atlética que lleva la cabeza cubierta con un pasamontañas. En otra mesa está sentada una señora mayor. Para no parecer prejuicioso -mi experiencia me dice que hay que procurar no ofender a los sicarios- me acerco a la mujer con paso decidido, pero antes de saludarla el hombre enmascarado me tiende la mano y se presenta como el asesino al que estoy buscando.

Después de que nos tomen nota, Jardiel empieza a contar su historia. Trabajó para un importante narcotraficante en México, su país natal. Luego se trasladó a España, donde hace años había pocos profesionales de su especialidad. Durante años ha organizado y participado en más ejecuciones por encargo de las que puede recordar. Donaba los cadáveres a artistas conceptuales para no dejar rastro. “Ese tipo de gente nunca hace preguntas y yo tampoco preguntaba qué iban a hacer ellos con los cuerpos. Pero puedes esperar cualquier cosa de esas personas, son basura. Basura de la peor”, masculla mientras devora el guacamole.

En los últimos doce meses, “El ponzoñoso de abajo” pasó de “liquidar” a diez personas por semana a matar sólo a siete, más tarde a cinco y a día de hoy tiene suerte si le encargan que dé una paliza a alguien una vez al mes. “A veces me pongo nostálgico y juego a algún videojuego violento. No descubres cuánto disfrutas de tu trabajo hasta que lo pierdes”, se lamenta. “Y, como yo, hay cientos de compañeros. Para nosotros no hay ni Plan E ni pendejadas. Nadie nos tiene en cuenta y creo que hemos hecho mucho por este país. Mucha limpieza”.

Lo que más entristece al sicario -y puede intuirse su desesperación en los ojos intensos que se ven tras el pasamontañas- es que después de todo ese trabajo ahora se vea forzado a dar clases particulares a niños y adolescentes. “Muchos padres están desesperados porque buscan a gente autoritaria que pueda hacerse cargo de sus hijos. Pero lo que quieren no es que mejoren en la escuela, sino que los eduquen. Y, desde mi punto de vista, educar a los hijos no es tarea de sus profesores o de los sicarios que se hacen pasar por tales, sino de los propios padres”, explica. “He conocido a gente realmente desagradable en mi vida, pero nunca me he tenido que morder tanto la lengua como con esos críos”.

Según datos de la Policía Nacional, hay al menos 200 sicarios repartidos por todo el país dando clases particulares de matemáticas o literatura. Los contratan porque son efectivos. “Les pegas un par de chillidos a los críos y se ponen suavísimos. Estudian como si les fuera la vida en ello. Y si pese a todo suspenden, sólo hay que razonar con sus profesores y la matrícula de honor es automática”, explica el entrevistado. “Aunque sea fácil detesto el trabajo, es desagradable y está muy mal visto. No puedes ir diciendo por la calle que te dedicas a esto porque la gente te pierde el respeto”.

En el último año, Jardiel también ha trabajado cuidando a personas mayores. “Esto aún me gusta menos. Cuando hago de asesino ya tengo demasiado contacto con la muerte, así que prefiero evitarlo a poder ser. Lo peor es que no puedo conseguir otro tipo de trabajo. Hay mucha gente que no se fía de las personas que llevan pasamontañas. Te ven con el rostro cubierto y ya piensan qué sé yo. Hay mucho prejuicio”, se queja justo antes de despedirse.

El Rincón Maya.

– Guacamole chichinabo.
– Sincronizada de potorropos.
– Tortiporras de chilindrón.

Total: 15 euros.