Rosana García tiene aquella costumbre propia de algunas madres que usan a su hijo como si de un muñeco de ventrílocuo se tratara. Cuando intento preguntarle cualquier cosa al doctor Muralla, la madre siempre se adelanta y contesta frases al azar que no tienen mucho sentido como “Díle que actualmente se abusa demasiado de la cirugía lamparoscópica”. No lo hace, evidentemente, con la intención de que su hijo lo repita, sino para justificar sus constantes intromisiones.

Cuando Rosana se va a la cocina para preparar los macarrones, el doctor Muralla tose y pide que disculpe a su madre. “Tiene un carácter fuerte”, argumenta. Y explica que lo de llevarse los pacientes a casa empezó a hacerlo porque ella siempre le echaba en cara que no tuviera un trabajo de verdad, como su difunto padre, que era encofrador.

“No lo hago sólo para que se sienta orgullosa, es que además el horario de quirófano es complejo y a ella le molesta mucho que llegue un poco tarde a casa, asi que empecé a traerme el trabajo aquí. Si puede hacerlo un profesor de escuela no sé por qué no voy a hacerlo yo, que cobro más y salvo vidas”, se queja. “Esto tendría que generalizarse, aliviaría el estrés de muchos cirujanos que no pueden trabajar rodeados de su familia o en la terraza de su casa cuando llega el veranito”.

“Dile que no, que lo que pasa es que hay que estar muy encima tuyo en todo”, interrumpe la madre sacando una enorme fuente con macarrones de la cocina. “Se pone ahí en el salón a operar y tengo que estar yo al lado porque lo ves coger el bisturí y como que no se decide. Y yo le digo ‘corta, corta ahí sin miedo, hombre’. Pero él se lo mira todo mucho y va con muchísimo miedo el muy cagueta. Se pone muy tenso, no se le puede decir nada y suda una barbaridad. Yo no sé si fuera de casa será así, pero como sea con todos igual es que se lo comen, se lo comen vivo. Y con las chicas ya ni digamos”.

“No es que yo sea inseguro o no sepa hacerlo sin ella, es que me ayuda muchísimo. Es como cuando salgo con mujeres: me gusta que la conozcan en las primeras citas o que ella nos acompañe porque así no nos quedamos sin conversación”, explica Muralla mientras come los libritos de lomo que ha preparado su madre. Ella misma le ha cortado la comida a trocitos pequeños para que no se atragante.

“Yo no sabía nada de cirugía, aunque he deshuesado muchos pollos y muchos lenguados para que el doctor no se ahogue”, dice Rosana poniendo cierto rentintín en lo de “doctor”. Mientras le pela una mandarina a Pedro, asegura que al final ha acabado aprendiendo un poco y que ahora es ella la que se encarga de hacer los “zurciditos” de las incisiones porque “queda feo” que un hombre cosa. Luego me pregunta si tomaré un “orujito” de hierbas y, dirigiéndose a su hijo, ordena: “Dile que tú no tomarás porque tienes un transplante de hígado esperándote en la salita”.

Domicilio de los Muralla.

– Macarrones.
– Libritos de lomo.
– Mandarinas.
– Café.
– Orujo de hierbas.

Total: cortesía de la madre del entrevistado.