Todo el mundo se ha echado alguna vez sobre la hierba para ver pasar nubes. Desde hace casi 20 años esta es la ocupación del meteorólogo sueco Skane Hammsarjön, que acaba de publicar en la prestigiosa revista Science&Wine un sorprendente hallazgo. Concretamente, ha descubierto que una nube que cruzó el cielo de Estocolmo el pasado noviembre es exactamente igual a otra que fue vista en el sur de Irlanda en 1937. “Son absolutamente iguales en todo: la forma, el tamaño e incluso en la dirección sur-suroeste en que se las vio pasar”, ha declarado Hammsarjön.

El descubrimiento ha sido posible gracias al Banco Mundial de Imágenes Atmosféricas (BMIA), un organismo internacional dependiente de la UNESCO que, desde 1964, se encarga de registrar cualquier fenómeno que pueda observarse en la atmósfera. “Tenemos nubes, aviones, globos que se pierden, pelotas que se chutan muy alto” asegura un fotógrafo español que trabaja para el BMIA. “Hay millones de imágenes”, insiste.

Una parte del fondo del BMIA se compone de instantáneas del cielo tomadas desde la invención misma de la fotografía a mediados del siglo XIX. En ellas se basó Hammsarjön para rastrear si alguna forma se repetía exactamente. “Una mañana salí de casa y allí estaba. En cuanto la vi me dije que me sonaba. Estoy acostumbrado a ver nubes y Dolores me llamó la atención enseguida”, declara el meteorólogo con emoción.

Hasta ahora los científicos creían que las nubes adoptaban formas aleatorias, siendo éstas de una variedad infinita. “Hoy podemos afirmar que el repertorio es limitado y que, por tanto, bien podría ser un código”. Lo que se ignora todavía es si un día se podrán interpretar como un astrólogo interpreta los astros. “Pero que no la sepamos leer no significa que Dolores no signifique nada”, sostiene Hammsarjön. “Ella ha regresado para algo y pronto vendrán más nubes”.