«¿Y la paja?». Con estas palabras expresaba su decepción un cliente del centro de masajes Ulay de Majadahonda, en Madrid, después de haberse casado con una princesa porque había pedido un masaje con final feliz. «He tenido que pedirle la mano al padre, no es para nada lo que esperaba», se queja. Aunque dice que la princesa «es ideal», insiste en que un matrimonio no es lo que quería.
El banquete de la boda ha consistido en varios kilos de perdices que el hombre se ha tenido que comer. «Llevo cuatro horas aquí, no era mi idea», declara. Aunque desde el centro de masajes reconocen que la felicidad es un concepto subjetivo, argumentan que «todo el mundo tiene bastante claro lo que es un final feliz, al menos desde un punto de vista tradicional».
El afectado no es el único cliente que no ha quedado satisfecho. Por curiosidad, otro individuo pidió un masaje con final abierto y asegura que, después de cinco horas en la camilla, no está claro si ha terminado el masaje o no. «Ni siquiera he entendido lo que me han hecho. Si me preguntas si estoy más relajado, te diré que no lo sé», dice.
Por suerte, no todo son clientes descontentos en este local. Un hombre de 54 años se declara «encantado de la vida» porque pidió un masaje con aromaterapia y le pusieron la cara frente al conducto de ventilación del restaurante de al lado, que despide «un olor a carne a la brasa que flipas».










Vaya mierda local, ahí no me ven el pelo, yo quedo con Ábalos y voy a lo seguro
habéis perdido una perdiz
Que tonteria