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Despierta del sueño americano en una cárcel salvadoreña

"No sé qué ha pasado. El jueves me fui a dormir como todos los días", dice este inmigrante mexicano en EEUU

«Al principio yo estaba en una casa bien padre con piscina donde hay una mujer. Al acercarme veo que es mi esposa, jugando con nuestros dos hijos. Le digo: ‘Lupe, ¿qué hacéis aquí, cuándo habéis llegado a Arizona?’. Ella me mira y me responde: ‘¿Qué voy a hacer? Esta es nuestra casa’. Y yo le digo: ‘no puede ser, nosotros no podemos pagar esto’. Lupe me replica que no diga tonterías y que me vaya un rato a ver la tele. Entro en el salón y me encuentro con tres televisores enormes, ¡cada uno con su propia cuenta de Netflix! Pongo una serie distinta en cada tele, no por verlas, sino por darme el gusto». 

«En ese momento suena la alarma de mi móvil, que no es el pinche móvil chino de siempre, se ha convertido en un iPhone 16, que me recuerda que llego tarde al trabajo. Por suerte el McDonalds donde chambeo se encuentra al otro lado de la calle de mi nueva casa. El encargado se acerca a mí. Temo que me vaya a echar la bronca por demorarme, me va a despedir, pero no, al contrario, me dice que yo soy el propietario y empieza a darme un masaje de pies con ketchup y mostaza. Yo miro al encargado, noto algo raro, ha cambiado: ‘¿Tú no eres el pinche Donald Trump?’, le pregunto. El pana me sonríe y se quita la gorra de encargado y de su pelo salen kilos y kilos de patatas fritas. Las vendemos todas y con el dinero decido comprar otra franquicia y así poder contratar a todos mis primos. Dudo entre Pizza Hut o Taco Bell».

«Quiero volver a casa, pero al cruzar la puerta me encuentro en la sala de un médico. ‘Señor García’, me dice, ‘¿de qué quiere operarse?’. Yo no tengo seguro médico, no puedo operarme, pero el médico insiste en que sí, que está todo pagado, y me pone delante una hoja, como un menú. Ya que puedo, decido pedir de todo un poco: me hago un escáner, dos colonoscopias, me opero de vegetaciones para no roncar y dejar dormir a Lupe, pero también me hago un alargamiento de pene y una operación de hígado. No tengo nada en el hígado, pero como decía mi abuela, nunca debe desaprovecharse una oferta».

«Acabo de operarme cuando, de pronto, aparece mi primo Eduardo, armado con un fusil de asalto, y me invita a acompañarle: ‘Jacinto, vamos a cazar inmigrantes’. Y yo le digo: ‘Pero, Eddy, si nosotros somos inmigrantes, no podemos cazarnos a nosotros mismos'». 

«Y en ese momento me desperté. Estaba en una celda oscura, a mi lado roncaba un hombre con todo el cuerpo tatuado. Tardé un rato en comprender que todo había sido un sueño. Alguien me dijo que estaba en un cárcel de El Salvador. He intentado preguntar qué hago yo en El Salvador, pero cada vez que abro la boca un guardia me golpea en la cabeza con una porra».

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