
Hace ya no sé cuánto tiempo, años, me dirigí a España con una pregunta que, si bien podía revestir un tono coloquial, encerraba en su seno una profunda y legítima inquietud: ¿cómo están los máquinas? Para mí eso es lo primero de todo, la piedra roseta del entendimiento social.
Antes de establecer cualquier acción conjunta con los máquinas es preciso preguntarles cómo están.
Lo que obtuve como respuesta fue el silencio. Un silencio que, lejos de ofrecer consuelo o complicidad, me pareció un portazo seco, una negativa tajante a iniciar un diálogo entre semejantes. Los máquinas dieron la callada por respuesta. Y ese silencio es sintomático de una sociedad que ya no se preocupa por cómo están los máquinas. Una sociedad, por tanto, abocada al incivismo y a la barbarie.
Una democracia madura se mide por la calidad del diálogo social que puedan establecer unos máquinas con otros. Si no somos capaces de responder a las preguntas más básicas (por ejemplo, “¿cómo están los máquinas?”) ¿cómo abordaremos las preguntas complejas? Si el “cómo estás” dirigido a los “máquinas” queda colgado en un limbo porque los máquinas no contestan, ¿qué esperanza nos queda a los otros máquinas para los pactos, para el entendimiento, para la construcción de un nosotros?
Porque “los máquinas” no son una idea abstracta ni un número: los máquinas son los máquinas. Están ahí, son de carne y hueso. Son maquinotes. Son cracks, figuras. Auténticos jefes. Gente que está o o se presupone que está ahí, dándolo todo. Siendo, en definitiva, máquinas.
¿Pero son los máquinas realmente máquinas si no contestan a la pregunta de cómo están los máquinas? Una respuesta negativa a esta pregunta nos aboca a un escenario desolador. Yo hice una pregunta a España: ¿cómo están los máquinas? Y España calló.
Este silencio es también un síntoma. Un síntoma de nuestro desapego creciente en una sociedad atomizada.
Exijo a los máquinas, por tanto, una respuesta. No por vanidad, sino por dignidad cívica. Porque solo a partir de ahí podemos empezar a construir juntos. A maquinar. Porque preguntar “¿cómo están los máquinas?” es, al fin y al cabo, una manera de decir: os veo, me importáis, no quiero que os derrumbéis sin que nadie lo note, estoy aquí, yo también soy uno de vosotros, yo también soy un máquina, todos somos unos máquinas.
Y callar ante esa pregunta es una forma de abandono democrático. No puedo ni quiero aceptar que hayamos llegado a un punto en el que ni los más máquinas se sientan interpelados. ¿Es que los máquinas no se consideraron máquinas y por eso no contestaron? ¿Pueden ser máquinas los máquinas si no contestan? Un máquina habría contestado inmediatamente. Y a partir de ahí, cualquier cosa es posible.
Por eso escribo estas líneas: para solicitar formalmente una respuesta de parte de los máquinas. Ha pasado mucho tiempo. Demasiado Ha llegado el momento de contestar: aquí seguimos, máquina.
Así que si no es mucho pedir: decidme, por favor, de verdad, ¿cómo están los máquinas?





