
Soy consciente de que muchas personas están viviendo estos días con dolor, indignación y una mezcla de desconcierto y tristeza. Seré claro: no es nada comparado con el dolor, indignación, desconcierto y tristeza que estoy viviendo yo, Pedro Sánchez.
La sospecha de que compañeros que ocuparon altas responsabilidades han traicionado la confianza de este partido y de los ciudadanos es una herida que nos duele a todos pero sobre todo a mí, Pedro Sánchez. ¿Quién es el responsable de haber aupado a lo más alto del partido a dos personas que a la postre resultaron ser corruptas? Nunca lo sabremos. ¿Fue error mío confiar en gente como José Luis Ábalos, Santos Cerdán y Koldo “el pérfido” García? Supongo que es una de aquellas preguntas sin respuesta.
Tampoco se trata de ponerle nombres y apellidos al responsable de esos errores, sea quien sea, porque lo que tenemos encima de la mesa es un problema y es mejor atajar dicho problema que buscar a posibles responsables. Además, esto no va de mí, va de España.
Y, honestamente, lo diré con franqueza: no soy bueno con las caras y José Luis Ábalos me presentó a todas esas chicas como si fueran su esposa. No hice preguntas. Sí, me parecía que eran distintas, pero explicitar esa situación no me pareció pertinente en una época en la que el feminismo nos ha enseñado que hay formas de relacionarse diversas a la pareja tradicional. Si acaso, deberíamos culpar de mi discreción a las feministas (Irene Montero).
Una vez depuramos responsabilidades con Ábalos hace un año, ¿fue un error confiar en Santos Cerdán, una persona muy cercana a él, para sustituirle? Algunos pensarán que sí, pero es una pregunta irresoluble. ¿Quién fue el responsable de que yo escogiera personalmente a Santos para dirigir el partido? Misterios y más misterios.
He escuchado estos días argumentos que piden acudir de nuevo a las urnas. ¿Pero es realmente eso lo que nos conviene? ¿No será que algunos, ante la primera marejada, prefieren soltar el timón? Convocar elecciones sería abrir la puerta a dejar que los españoles eligieran por sí mismos a un gobernante, con la enorme incertidumbre que supone dejar el futuro de un país en las manos de los habitantes de ese país, que muchas veces se mueven por impulsos irracionales y pueden llegar a parecerles bien propuestas radicales que dejarían de lado a Pedro Sánchez.
Sería una absoluta irresponsabilidad convocar elecciones ahora y abrir la posibilidad de dejar a España sin Pedro Sánchez.
A todos los que se atreven a pronunciar la palabra con d quiero preguntarles una cosa. ¿Dimitir? ¿Por qué? ¿Es que acaso no se me ha visto afligido? ¿Es que acaso no han visto en mis pómulos la insondable, enorme tristeza que me ha provocado el descubrimiento de estas trazas de presunta corrupción? No. Pedro Sánchez, que soy yo, no puede permitirse dimitir. Y creedme, a veces lo ha valorado, pues gobernar no es una tarea sencilla. No consiste únicamente en sentarse en una silla de diseño y firmar papeles, también hay que coger muchos vuelos y hablar con un montón de gente de la que no siempre recuerdas el nombre. Es pesado y poco gratificante, pero tengamos clara una cosa: alguien tiene que hacerlo. Y la única opción democrática es que lo haga la persona que ya está haciéndolo, que soy yo.
“Mafia o democracia”, dicen desde algunos partidos, dando a entender que la única alternativa al Gobierno actual es la democracia. ¿Somos conscientes de lo que la democracia puede suponer? Si los votos ratifican el Gobierno no hay problema, pero ese resultado no está garantizado, por mucho que Tezanos tenga claro que sí.
Dicho de otra manera: si yo mañana disuelvo las Cortes y convoco elecciones, gobierna Feijóo porque así lo elegirá la mayoría. ¿Sería eso democrático? No hace falta ser político profesional para saber que no.
Vayamos a los números. Lo defraudado son 600.000 euros. ¿Qué es eso para España? Hablamos de un céntimo por español. ¿No es un precio justo por mantener en pie el dique al fascismo? No seamos tacaños, nuestros derechos valen por lo menos diez euros por persona.
Cuando veo cómo está el mundo, aquejado de pandemias, desinformación, crisis alimentarias y una escalada bélica sin precedentes en Oriente Medio y Ucrania, y también otros sitios, lo único que puedo preguntarme es, ¿por qué todo me tiene que pasar a mí?
Lo auténticamente egoísta por mi parte sería dimitir. Cuando cierro los ojos y me imagino esa España se me ponen los pelos de punta. ¿Cómo sería esa España? ¿Existiría la Ley mordaza? No podemos saberlo, pero a buen seguro que sería una España peor. Gris, fea, aterradora.
El difícil momento que vivimos no debe hacernos perder la perspectiva: no he hecho nada malo nunca en mi vida, nunca jamás. Por tanto, partiendo de esta certeza evidente, debemos enfrentarnos a esta crisis como lo que es: una oportunidad. Como yo siempre digo: en chino la palabra “crisis” significa “oportunidad”, y eso es algo que muy poca gente sabe, pero que conviene recordar en momentos como este.
Puede parecer una posibilidad remota, pero el pueblo español es capaz de cualquier cosa en momentos delicados (incluso, sí, apoyar a un candidato que no sea Pedro Sánchez, algo que a priori parece impensable pero que podría suceder). No podemos arriesgarnos a que el pueblo español elija lo que quiere. Sí, la conciencia, la ética, las normas básicas de convivencia exigirían unas elecciones inmediatamente, pero eso podría tener consecuencias indeseadas y paradójicamente antidemocráticas, empezando por el hecho de que a las elecciones se presentarían más candidatos y no solo Pedro Sánchez.
Recordemos esto: convocar elecciones es una temeridad porque su resultado depende enteramente de los españoles y por tanto no está garantizado que Pedro Sánchez sea elegido presidente. ¿En qué situación quedaría España? En una situación muy difícil en la que, insisto, Pedro Sánchez no sería presidente.
De nada.





