«Aborté en el pasado, pero estoy aquí para evitar que se sigan cercenando vidas inocentes». Con estas palabras defendía ayer Marina Sáenz Ribera, a su salida de la clínica en la que acababa de abortar, su decisión de unirse al grupo de personas antiabortistas que horas antes le había increpado mientras intentaba acceder al centro hospitalario para interrumpir su embarazo. «A mí me dio igual que me gritaran, aborté igualmente, y eso me hace ver lo importante que es que sigamos haciendo presión e insistiendo», dice.
Asegura esta mujer que se siente aliviada ahora que, habiendo abortado, está compensando sus actos poniéndose del lado de «los que defendemos la vida». Reconoce que, si tuviera que hacerse cargo de un bebé, no podría dedicar tanto tiempo a insultar a las mujeres que pretenden abortar. «Al menos fue un error que sirvió para que ahora pueda centrarme en esto», explica.
Sáenz cree que, como madre que ha sufrido el hostigamiento de los fanáticos contrarios al aborto, sabe qué tipo de insultos le duelen más a una persona que se dispone a someterse a un procedimiento de esta naturaleza. «Te puedo decir que te sientes muy frágil en estos momentos, y que tener que oír que eres una asesina te deja hecha trizas. Así que yo lo que recomiendo es gritar muchas veces ‘¡Asesina!’ porque en mi caso, aunque no acabó de disuadirme, sí me lo puso mucho más difícil», argumenta.
La mujer no descarta tener un bebé «cuando pueda compatibilizarlo con la militancia antiabortista» y confiesa que le haría mucha ilusión escolarizar a su futuro retoño en el mismo colegio de monjas en el que ella misma sufrió abusos desde los tres a los catorce años. «Es una tradición familiar y las tradiciones hay que mantenerlas», dice.









