Roberto Mazas ha descubierto esta semana que, por culpa de su daltonismo, lleva años donando sangre a Cruz Verde, el fabricante de productos fitosanitarios e insecticidas, en vez de donarla a Cruz Roja como pretendía. La confusión se debe a la presencia de una furgoneta de la empresa cerca de su casa, cuya carrocería muestra una cruz de color verde que él pensaba que era roja. «Me extrañaba que, en vez de un bocadillo, me regalaran muestras de insecticida para pulgones frutales», dice ahora.
Pese a que el hombre se siente engañado, desde Cruz Verde insisten en que la sangre de Roberto les resulta muy útil para su I+D. «Estamos experimentando con su sangre para ver si es capaz de atraer a los mosquitos si se mezcla con veneno», señala un portavoz de la compañía, que considera «normal» aceptar donaciones de ciudadanos anónimos que quieren colaborar con la industria de los insecticidas. «Es una forma tan válida como cualquier otra de ser solidario», dicen desde Cruz Verde.
Comenta Mazas que el hecho de que en su barrio hubiera una furgoneta de Cruz Roja en vez del típico autocar le llevaba a pensar que la organización estaba de capa caída, con lo que acudía con mayor frecuencia a donar sangre. «No ponían ninguna pega, se han aprovechado de mí y ahora estoy marrón de ira», protesta.
«Que una empresa se aproveche de un ciudadano despistado durante tanto tiempo es una green flag como una casa», sentencia Mazas, que considera que «las cucarachas son bastante más nobles porque su color no engaña».









