La red social Twitter -llamada X por el fascista que la adquirió en 2022- ha dejado de operar en Brasil por negarse a nombrar a un representante legal como le exigían las autoridades del país. Desde que los brasileños no pueden acceder a esta aplicación incluso si eran adictos a ella, se está produciendo un florecimiento cultural y social sin precedentes en toda la región.
«Cuatro días sin la mierda esta y la productividad se ha disparado en todos los ámbitos: se escribe más, se lee más, se investiga más y, sobre todo, se conversa y se folla más», admitía en su cuenta de Bluesky el presidente Lula da Silva.
Varios ciudadanos brasileños han podido descubrir estos días los rostros de sus seres queridos, con todo detalle, y se han visto obligados a llenar el tiempo saliendo a pasear a la calle, donde su atención debe ahora centrarse en aquello que les rodea, o bien en sus propios pensamientos, que se van nutriendo unos a otros y adquieren una mayor hondura y complejidad. La mayor conciencia crítica ha conllevado, además, el rechazo del fanatismo y del ultraderechismo, ahora marginales en Brasil.
A principios de esta semana, seis brasileños obtenían un Premio Nobel y once laboratorios patentaban nuevas vacunas que resultarán decisivas para millones de personas en todo el mundo. «La flora y la fauna que hay aquí es increíble, los perros son tanto o más bonitos que los que salían en Twitter, y además los puedes tocar y los puedes sentir», comentaba asombrado un antiguo usuario de la red social.
Según los expertos, es muy posible que, antes de que acabe el mes, los brasileños hayan encontrado la manera de viajar a Marte, un objetivo que se había propuesto precisamente el dueño de la plataforma.









