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Descubren que la magdalena de Proust eran unos callos con garbanzos, pero el autor prefirió ocultarlo por razones estéticas

EN UNA CARTA INÉDITA, EL ESCRITOR CONFIESA QUE LOS CALLOS "NO QUEDABAN TAN BIEN"

El Institut des textes et manuscrits modernes (ITEM), la unidad de investigación del CNRS y la École normale supérieure de París, ha publicado este miércoles los resultados de un estudio sobre el primer volumen de la serie En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. Entre sus conclusiones, destaca sin duda una revelación histórica: la célebre magdalena de Proust, que supuestamente lleva al protagonista a revivir toda su infancia en Combray, no era una pieza de bollería sino unos callos con garbanzos. El autor prefirió esconder esta realidad en beneficio de la magdalena porque consideró, en palabras de los estudiosos, «que no quedaba bien».

«Es como si Kafka hubiese decidido mentirnos y contar que Gregorio Samsa se había convertido en un colibrí», señala Pablo Martín Sánchez, escritor y traductor del francés. Según este especialista, el autor «no tenía ningún derecho a maquillar la realidad de sus invenciones». Esta tesis es también la que, con cierta decepción, defiende el Equipo Proust de la ITEM. «Se entienden ahora muchas cosas: solo unos buenos callos con garbanzos podrían haber despertado semejante evocación en Marcel», señalan desde la institución, que halló la confesión de Proust en una carta inédita que el autor hizo llegar al escritor y crítico Max Daireaux.

La noticia no ha sacudido únicamente el ámbito literario: la ANSES (Agencia Nacional de Seguridad Sanitaria de la Alimentación, el Medio Ambiente y el Trabajo) ha emitido un comunicado lamentando que uno de los escritores más destacados de la cultura europea «promoviese y encumbrase hábitos alimentarios poco saludables». Reconoce la entidad francesa que «la magdalena tampoco era lo más recomendable, pero lo de los callos es directamente un atentado contra la salud pública si nos atenemos a la repercusión que tiene la obra de este escritor». Ruega la ANSES que los expertos «inhiban su tentación de sustituir la magdalena por los callos en futuras ediciones. Si se efectúan modificaciones en el original, que sean para cambiar la magdalena por un yogur natural con arándanos y semillas de chía».

El dilema es evidente: ¿debe respetarse la mentira de Proust, que, en pos del decoro, traiciona la verdad literaria, o conviene subsanar el desliz del escritor para que el texto sea fiel a la realidad de la ficción? Pablo Martín es claro: «A los traductores se nos exige que seamos fieles a la obra y los autores también deberían someterse a este mandato». Agrega que «una vez se publica, la novela nos pertenece a todos. Y creo que la sociedad reclama una literatura que no traicione la imaginación ni edulcore los hechos que en ella se despliegan. Y además los callos con garbanzos están buenísimos, igual que las lentejas o cualquier plato de cuchara, así que no entiendo los remilgos».

Impresionada por el descubrimiento y por la polémica que se ha desatado, la escritora española Elvira Lindo ha confesado con vergüenza, en una entrevista en RNE, que su célebre personaje Manolito Gafotas en realidad se llamaba José Carlos Martínez Herranz, pero siempre le pareció que el nombre real «daba bajón». Poco después, ha agregado que «el crío ni siquiera llevaba gafas».

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