«¡Houston, que asoma el hocico!». Con este grito de guerra atravesaban el pasado viernes la atmósfera terrestre los astronautas de la misión Artemis II, envueltos en una gran bola de fuego. Mientras eran rescatados en pleno Océano Pacífico, los cuatro tripulantes de la nave Orion preguntaban dónde estaba el baño y alertaban de que «esto está cayendo a 40.000 kilómetros por hora y no lo vamos a poder parar».
Los protagonistas del histórico viaje de 10 días alrededor de la Luna tuvieron que lidiar, desde el primer momento, con averías en el retrete de la nave. «Solo quiero cagar en un puto lavabo decente», expresaba el viernes Christina Koch cuando le preguntaban cómo se sentía tras el amerizaje.
Ya aliviados, los héroes de la NASA describen su experiencia como «larga, oscura y pesada, hasta el punto de requerir dos o tres descargas». El piloto Victor J. Glover se refería a la misión, «la más intensa de mi vida», como «una prueba de fuego en la que hemos tenido que presionar con todas nuestras fuerzas para liberar al cohete». Y agregaba: «La parte del espacio, la más angustiosa, pero una vez acoplados en la taza los módulos se han separado inmediatamente y han caído a peso en el agua».
«Hemos hecho fotos de las muestras, porque madre mía. ¿Las queréis ver?», preguntaba Jeremy Hansen mientras mostraba el carrete de fotos de su iPhone.









