Javier Martinez Sánchez, natural de Salamanca, lleva cinco años poniéndose parches de nicotina para dejar el tabasco. Aunque asegura que al principio notó los efectos y estuvo una semana sin consumir ni una gota de tabasco, con el paso del tiempo fue recayendo y ahora consume dos botes al día. “Los parches no me están sirviendo para nada”, lamenta.
El afectado reconoce que los días que prescindió del tabasco pudo volver a disfrutar de los olores y del sabor de la comida, pero pronto el vicio pudo con él. “Al final vas a restaurantes donde la gente está consumiendo y es muy fácil pedir un bote y recaer”, admite. “Intento no echarle tabasco a la comida delante de mis hijos para no convertirlos en consumidores de tabasco pasivos, pero no siempre es posible”, añade.
Su adicción es tan severa que Javier consume tabasco de forma habitual en el interior de hospitales y aviones. “Empecé siendo un consumidor de tabasco social y me acabé enganchando”, se sincera. “Lo he intentado dejar miles de veces, pero ni con chicles, ni con libros, ni con los dichosos parches”, concluye.
Este hombre confía en que, con cinco años más poniéndose los parches de nicotina, podrá salir del infierno del tabasco y empezar a disfrutar de una vida sana y saludable.









