El billetero de una mujer de Guadalajara ha dicho basta esta semana. Asegura que, de un tiempo a esta parte, su dueña solo acude a él cuando dispone de abundantes billetes o monedas. Las fotografías de sus seres más queridos, cuya custodia la mujer le confía desde que empezó su relación, amarillean sin remedio en sus entrañas y su propietaria apenas les dedica atenciones. «Antes, albergaba sus recuerdos y sus contactos más preciados, no era solamente una cuestión de dinero. Ahora, en cambio, solo me mete mano cuando le interesa sacarme los billetes», dice.
«Me he dejado la piel por esta mujer y ahora me siento utilizado», denuncia el billetero, que sospecha que la mujer tiene más fotografías de sus familiares «en otra parte» y dispone de otras formas de comprar que no pasan por el efectivo ni por el uso de las tarjetas, que también languidecen salvo en contadas ocasiones, cuando la mujer las extrae apresuradamente y les da la vuelta para consultar su código CVV. «Añoran el roce de su banda magnética contra la ranura», comenta. «Estamos desconcertados», añade.
El billetero cree también que su dueña guarda las tarjetas de visita en otro lugar, pues le parece improbable que no haya conocido a nadie nuevo en los últimos tiempos, ni en el ámbito personal ni en el profesional. «La última incorporación fue un tal Tomás Vilcálvaro de Tecnocasa en 2006», dice extrañado. Para colmo, de un día para otro su nombre desapareció de la lista que la mujer repite en voz alta antes de irse de casa: «Llaves de casa, llaves del coche, bolso, billetero». En su lugar, dice «Llaves de casa, móvil, bolso, auriculares», con lo que deduce que hace tiempo que su presencia ha dejado de ser imprescindible. «Amenazar con abandonarla no tendría ningún efecto», lamenta.
«Recuerdo la última vez que nos separamos y sintió que se le venía el mundo encima. Y el alivio que expresó al reencontrarme. Gritó ‘¡Mi billetero!’, me agarró muy fuerte y me acarició con pasión. Últimamente, en cambio, me deja olvidado en cualquier rincón de la casa y le da igual. Creo que hay otro billetero, tal vez uno más nuevo y lujoso, de Louis Vuitton. Si no, no me lo explico», declara.
El billetero asegura que pagaría lo que fuera para recuperar el amor de su propietaria, pero admite que hay cosas que el dinero no puede comprar. «Mi pretensión es vana y absurda, como la del Barón de Münchhausen agarrándose del propio pelo para salir de la ciénaga», reconoce derrotado.









