«Será mejor que confieses ahora porque mi compañero no te soplará las uñas después de aplicar el esmalte». Así intentaba convencer ayer por la noche un agente de la Policía Nacional a Juan M. Muñoz, acusado de homicidio, de que más le valía confesar el crimen antes de que su compañero tomara el relevo del interrogatorio. «Él no te va a quitar los padrastros, te lo aseguro», insistía.
El sospechoso comenta que el interrogatorio comenzó con una conversación cordial. «Me decía que menuda movida lo del homicidio y me preguntaba si, por lo demás, todo bien», relata. El detenido dedujo que el agente se quería ganar su confianza para sacarle información. «El masaje en la espalda ya me pareció excesivo, pero lo de la manicura me desconcertó del todo», admite.
«Es el poli bueno. O buenísimo. Espero que el poli malo no sea malísimo», argumenta Juan M., que presume ahora de unas uñas perfectas. «Hubo un momento en el que se acercó con unas tiras de plástico y pensé que me iba a torturar, pero enseguida me aclaró que eran parches antiimperfecciones purificantes», declara.
Al término del interrogatorio, el agente le mostró al sospechoso un álbum de fotografías. «Di por hecho que me iba a preguntar si reconocía a alguien, pero no. Lo que quería era que le dijera cómo quería que me cortara el pelo. Las fotos eran de modelos de peluquería», dice.
El hecho de que este agente de la Policía Nacional sea conocido en el gremio como Lisandro «El Estilista» Rodríguez permite concluir que su profesión frustrada no tiene nada que ver con las fuerzas del orden.









