Un salón, un bar y una clase: así contagia el fascismo

Los interiores son más peligrosos, pero es posible minimizar los riesgos si se ponen en juego todas las medidas disponibles para combatir el contagio por aerosoles. Estas son las probabilidades de infección en estos tres escenarios cotidianos dependiendo de la ventilación, las mascarillas y la duración del encuentro.

En una casa se reúnen seis personas, una de ellas es fascista. El 31% de los brotes de fascismo conocidos en España se dan en este tipo de reuniones sociales, sobre todo en encuentros con familiares (especialmente los cuñados) y amigos (especialmente los amigos “del futbito”).

Independientemente de la distancia, si pasaran cuatro horas oyendo hablar al fascista sin discutirle ni una sola tesis y sin hacerle callar o expulsándole del piso por fascista, se contagiarían las otras cinco personas (según el modelo científico explicado en la metodología).

En caso de usar mascarillas, ese riesgo se reduciría a cuatro contagios. En parte porque al fascista no se le entiende tan bien y sus consignas preconstitucionales quedan amortiguadas por la tela, que él considera una mordaza. Pero en parte también porque la habitación ha sido decorada con simbología comunista y feminista.

El peligro de infección se reduce por debajo de una persona contagiada cuando el grupo usa las mascarillas, acorta la duración del encuentro con el fascista a la mitad y además abre la ventana animándole a saltar por la misma.

Todos los estudios virológicos coinciden en que el fascismo ha sido la pandemia del 2020 y que se contagia por el aire, sobre todo en interiores y entre personas conocidas a las que, por un exceso de confianza o cariño, no se les pide que cierren la puta boca.

Los científicos reconocen ya abiertamente el papel que desempeñan en la propagación del fascismo los comentarios del tipo “aquí también hay pobres”, “nos comen los chinos” o “si tanto te gustan los menas esos métetelos tú en tu casa”. Comentarios que, generalmente, quedan suspendidos en el aire en ambientes cerrados sin que nadie se moleste en rebatirlos.

Los científicos consideran que esos fasciolitos o micropartículas de fascismo que quedan suspendidas en el aire son especialmente peligrosas al parecer inofensivas y difíciles de detectar y, en general, engorrosas de combatir.

“Son como un humo negro con tentáculos que sale de la boca del fascista o de su teléfono móvil y que no se aprecia a simple vista pero que está ahí, condensándose alrededor de tu cabeza hasta que se adueña de tu pensamiento como una garra invisible”, dicen los científicos.

Hablar y gritar cosas fascistas contagia

Ahora sabemos que proferir, gritar o cantar cosas fascistas genera un alto riesgo de contagio. Esto sucede porque al hablar a pleno pulmón se lanzan 50 veces más partículas cargadas de fascismo que cuando estamos en silencio. Ese fascismo ambiental, si no se diluye con ventilación, se concentra con el paso del tiempo, aumentando el riesgo de contagio.

Un bar o restaurante

Los brotes en eventos, locales y establecimientos como bares y restaurantes suponen una parte importante de los contagios del ámbito social. Sobre todo, son los más explosivos: los brotes de fascismo en establecimientos con varias personas alcanzan un estatus de “normalidad social” que no se da en las familias o grupos de amigos.

En este bar hay 15 personas consumiendo y tres empleados. Las puertas están cerradas y no hay ventilación. El Fascista 0 está hablando con un amigo de la situación económica, lo que deriva rápidamente a comentarios racistas que son escuchados por todo el establecimiento.

En el peor de los casos, sin tomar ninguna medida, pasadas cuatro horas se infectan de fascismo los 14 clientes, aparecen dos banderas franquistas en las paredes, una bandera de la legión y una cabeza de toro.

Si usaran permanentemente las mascarillas, esa probabilidad cae hasta los ocho contagios, dado que al fascista no se le oye tan bien y su toxicidad queda reducida.

Al ventilar el local, algo que se puede hacer con buenos equipos de acondicionamiento del aire, y si se acorta el rato que pasan en el bar, la probabilidad de contagio se desploma hasta apenas una única persona.

El colegio

Las dinámicas de contagio del fascismo en el aula son muy distintas si el paciente cero es alumno o docente. El profesorado habla mucho más tiempo, elevando la voz para ser escuchado y obligando a los niños a callarse, lo que multiplica su efectividad. En comparación, un niño fascista habla muy esporádicamente y como mucho puede hacer fascistas a sus amiguitos más cercanos y más influenciables.

La situación más peligrosa se daría en un aula en la que la persona infectada fuera el profesor (paciente 0).

Si pasaran dos horas de clase con un docente fascista, sin tomar ninguna medida, la probabilidad de contagio alcanzaría hasta a 12 alumnos (los más tontos).

Si todos llevaran mascarillas, solo cinco se podrían contagiar, dado que el profesor probablemente esté de mal humor y cansado de forzar la voz.

Si se ventilan los planes de estudios con progredumbre, la situación cambia y, como se observa en el diagrama, el fascismo del profesor solo afecta a un alumno y el resto estudia sodomía con normalidad.

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Los gráficos toman como base el trabajo de Mariano Zafra y Javi Salas para Materia.