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Henry Ipnice y su literatura preventiva

ENTREVISTA

Dignificó una actividad degradada y mecánica convirtiéndola en pura y auténtica literatura. Estudiada hoy en día en las universidades más prestigiosas del mundo, la sobrecogedora frialdad de su obra enmascara a un autor sensible y tendente a la melancolía. El repentino éxito de su literatura preventiva, ninguneada durante años, le turba y le conmueve a partes iguales.

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El uso de esta máquina, como así también cualquier producto eléctrico, comporta la observación de algunas reglas fundamentales:
– No tocar el aparato con manos o pies mojados o húmedos.
– No tirar del cable de alimentación para desconectar el enchufe de la toma, no tirar del cable de alimentación para comprobar que esté fuertemente acoplado, no tirar, en general, del cable de alimentación para comprobar nada.
– No rociar el aparato con líquidos inflamables (gasolina, alcohol, etcétera). Podría prender.

Lavadora Fagor f1905, Septiembre de 1960.

“La fuga del ácido de batería puede causar daño personal y daño a su control remoto. Mantenga el ácido de batería lejos de sus ojos y boca. Las baterías que tengan una fuga pueden hacer ruidos como «pop».

Consola Nintendo Wii, Enero de 2006.

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Cuarenta y seis años separan el primer texto del segundo, pero en ambos permanece el sello inconfundible de Henry R. Ipnice. Su obra ha sido ampliamente difundida y traducida, pero hasta hace bien poco no había recibido el reconocimiento que, sin duda alguna, merece. Ipnice ha dedicado su vida a la redacción de instrucciones para todo tipo de aparatos eléctricos, procurando combinar la claridad expositiva con un estilo contenido pero personal y una concepción particular de lo que él mismo bautizó como “literatura preventiva” a finales de los años setenta. Sus textos, analizados adecuadamente, son el reflejo de una época marcada por la relación, en ocasiones conflictiva, del hombre con la tecnología. Su objetivo vital ha sido, precisamente, prevenir el conflicto.

Hoy ha arrastrado su cuerpo de 71 años hasta Madrid para presentar la traducción al castellano de «Enseñar a dar instrucciones» (Kratos Editores). Sus pupilas destilan cansancio y cuando se reconoce incapaz de asumir la media hora de entrevista acordada, uno no puede hacer más que comprenderle. Parece una delicada figura a punto de romperse. Sin duda, el ajetreo de las giras promocionales y las presentaciones le ha llegado a una edad inoportuna. Pero el azar -«aquello contra lo que lucha mi escritura, por definición»- ha decidido remover su apacible existencia de escribiente octogenario, tal como le gusta definirse.

Xavi Puig. ¿Cree que su estilo es algo que puede enseñarse?

H. R. Ipnice. No exactamente. Digamos que lo que se puede hacer es enseñar a inhibir el estilo. Sólo así se consigue hacer literatura preventiva. Mi libro no es un manual. Por eso el título contiene el infinitivo «enseñar» y no el imperativo «aprenda». He escrito una reflexión sobre mi literatura y la posibilidad de extraer de ella un canon, pero no digo que ello sea posible.

XP. Sin embargo, usted cree en los manuales. Son la razón de ser de su trabajo.

HRI. Usted lo ha dicho, «de mi trabajo». Y no es necesario creer en lo que se trabaja. Aunque es cierto que en mis orígenes era más ingenuo. Pero tras años comprobando la ineptitud humana, gente quemándose las manos por cambiar una bombilla recién fundida, uno pierde la esperanza y aprende a prescindir del pragmatismo.

«Inhibir el estilo. Sólo así se consigue hacer literatura preventiva»

XP. Reconoce pues la ingenuidad de sus inicios. Hay quien confirma que sus primeros textos son, efectivamente, muy ingenuos. Nadie en sus cabales rociaría su lavadora recién estrenada con un líquido inflamable.

HRI. Pero hay que contextualizar. Es un error analizar estos primeros escritos desde la perspectiva actual. El consumidor de hoy no es el de entonces. La sociedad ha cambiado mucho. El buen crítico literario tiene siempre en cuenta el contexto.

XP. También se dice que parte de su ingenuidad tenía fines más bien cómicos. Le recuerdo aquellas instrucciones de un gorro de ducha que rezaban “vale para una sola cabeza”.

HRI. Pero entienda que aquel modelo era cuatro centímetros más ancho que el anterior. Quise dejar claras las cosas, cualquier cambio sugiere nuevos riesgos, nuevas posibilidades de usar mal el producto. Mi trabajo es acotar, marcando siempre el límite.

XP. En los años ochenta, fue muy criticado por incluir la frase “no voltear el envase” justo en la parte de debajo de los envases. Es decir, cuando el consumidor leía la inscripción el producto ya había sido…

HRI. Lo sé, lo sé. No es que quiera liberarme de toda culpa, pero en este caso debo aclarar que yo redacto las instrucciones pero no soy quien decide dónde se insertan. A veces existe una falta de comunicación entre el autor y el editor, si me permite la analogía. El resultado es un sinsentido, pero yo no puedo predecirlo. Obviamente eso no quiere decir que eluda mis responsabilidades. Pero en ese caso concreto, no sería justo que me sintiera responsable.

«Mi trabajo es acotar, marcando siempre el límite»

XP. ¿No está dispuesto a admitir que llegó a extremos un tanto paternalistas? El paquete de frutos secos con la frase “abrir el paquete, comer los frutos secos” fue interpretado como un insulto.

HRI. Póngase en mi lugar. Le encargan unas instrucciones para una bolsa de frutos secos. Tiene que usar su imaginación pero dispone de poco tiempo. ¿Qué demonios habría puesto usted? La bolsa era muy pequeña como para ahogar a un niño. No pude usar las fórmulas más típicas.

XP. Dicen que la gente cada vez lee menos las instrucciones de los aparatos. ¿En qué medida afecta esto a la literatura preventiva? ¿Cree que su trabajo va a resentirse?

HRI. La gente cada vez lee menos, en esto tiene usted toda la razón. Es descorazonador, pero hay que ser realistas. El otro día estaba en mi mesa de trabajo redactando y me llamó mi superior. Quería que habláramos en su despacho. El tipo me miró fijamente y me dijo: “Henry, hombres como usted ya no quedan”. Le pregunté qué quería decir con aquello e insistió: “Cada vez es más difícil encontrar a gente como usted, Henry”. Y así todo el rato. Hasta que finalmente dijo: “¿Y por qué será eso, Henry? ¿Por qué será que cada vez quedan menos hombres como usted, Henry? Me lo pregunto cada vez que le veo allí, tan concentrado, escribiendo. La gente como usted ha ido desapareciendo y, sin embargo, usted sigue aquí, sentado en su mesita. ¿Por qué, Henry?”. Aquello me dio mala espina. Parecía que quería decirme algo pero no acababa de soltarlo. No sé, tuve una intuición. De repente pensé que no todo es para siempre. Un día estás aquí, otro día allí y, finalmente, ya no estás. Y es bueno verlas venir, es bueno que las cosas no le sucedan a uno de forma inesperada.

Dejando en el aire esa reflexión, propia de un filósofo existencialista, Ipnice se excusa y se levanta lentamente tras apenas seis minutos de entrevista. «Créame», revela justo antes de darme la espalda, «en realidad tampoco hay mucho más de lo que hablar. Mi obra es lo que hay. Es siempre un apéndice de otro artefacto, algo añadido. No conviene darle más vueltas». Sin embargo, contradiciendo ese aparente desapego, seguirá recorriendo Europa para presentar su libro hasta que el cuerpo aguante.

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