
Rogelio Casado me ha citado en la cafeterÃa del Centre de Cultura Contemporà nia de Barcelona. La presencia del extremeño no pasa desapercibida en este lugar de encuentro de universitarios, snobs y escritores ocasionales. “No conozco a ninguno, pero parecen artistas o intelectuales, asà que son como mis hermanos” confiesa al sentarse mientras me da un apretón de manos demasiado efusivo. Dos jóvenes estudiantes de FilosofÃa se marchan asustados. Sin embargo, el aspecto y los modales de campesino de Rogelio esconden una sensibilidad fuera de lo común. A sus 54 años se siente traicionado por lo único que dice amar: “el arte, el arte y Antoni Tà pies”.