Marcial es uno de los “sintecho” más entrañables de la plaza de Santa Ana, en Madrid. Nadie le ha visto jamás pidiendo limosna y, quien se atreve a hablar con él, comprueba que tampoco apesta a vino. Permanece desde siempre sentado en una mesa de la terraza del bar Pajaritos, con su larguísima barba y sus ropas raídas. Su educación es exquisita y a todo el mundo trata con respeto. Lleva más de dos años esperando que los camareros le traigan la cuenta de una comida.
No hay sector laboral que no sienta los estragos de la crisis. Según datos de la Policía Nacional, los asesinatos por encargo se han reducido un 60% este 2009. Los altos costes que supone contratar un sicario han hecho que muchos empresarios hayan decidido resolver sus problemas mediante el diálogo. Hoy he comido en un restaurante mexicano con Jardiel ”El ponzoñoso de abajo” Marín, un asesino que, para llegar a fin de mes, se ha visto obligado a dar clases particulares a adolescentes.
He quedado con Jaime Alcázar en una boca de metro. Se me acerca encogido y encorvado, mirando a los lados de soslayo para asegurarse de que nadie le sigue. Y es que Jaime, de 71 años, vive un calvario cada día en el transporte público. La línea que él utiliza conduce al campus universitario, por lo que no son pocas las mañanas en las que, entre empujones, no puede evitar que su rostro se hunda entre los senos de una veinteañera. Ha demandado ya a treinta estudiantes por acoso sexual.