Cristina Ramírez, de 24 años, lleva casi una década asegurando que no tiene hambre y sobrevive exclusivamente de las porciones de comida que extrae de los platos que pide su pareja en los restaurantes. “No ha pedido nada de la carta desde 2009, nunca le apetece nada, nunca quiere comer”, confirma su novio. Todos los nutrientes que su organismo obtiene proceden de trozos de comida que “puntualmente y de manera improvisada” Ramírez toma de la comida del joven “solo para probarlos”. Este singular método le ha permitido engordar diez kilos en seis meses sin tener nunca ganas de comer.

Tal y como ella misma confirma, cada día Ramírez se sienta a la mesa diciendo que “tengo el estómago cerrado, creo que tomaré solo un té”, mientras espera pacientemente a que le traigan la comida a su pareja. En cuanto llegan los platos, Cristina reconoce “la buena pinta que tienen”, para a continuación informar de que “te voy a coger solo una patata”. Una vez que ha ingerido todas las patatas del plato de su novio, Cristina se centra en probar “a ver qué tal está esa salsa”.

“Se han dado casos de novias que han devuelto el chuletón de su pareja a la cocina para que se lo pasen más”, asegura un experimentado camarero. “El postre es lo peor”, se sincera Carlos, el novio de Cristina. “Primero me hace sentir culpable por pedirlo, y después se lo come ella entero”, dice.

La pareja de Cristina sufre una severa desnutrición desde que iniciaron su relación en noviembre de 2009. “Carlos lleva una década ingiriendo solo el 50% de las calorías diarias recomendadas para un varón y tiene déficit de hierro, glucosa y vitaminas”, informa su nutricionista.