El fundador de Glovo, Òscar Pierre (Barcelona, 1992) ha emprendido esta mañana su ruta europea montado en una de las bicicletas de su compañía y acarreando dos millones de euros metidos en una bolsa de plástico atada a su espalda. Son los beneficios netos que este año el joven empresario debe repartir a sus accionistas casa por casa. “Tengo que hacerlo yo personalmente, es mucho dinero”, argumenta Pierre mientras hace estiramientos y comprueba los frenos de la bicicleta.

El joven tardará varios meses en efectuar el reparto porque se ve forzado a tomar rutas alternativas para despistar a los posibles ladrones y asaltantes. “Muchos accionistas se quejan de que el dinero llega frío y me ponen mala puntuación, pero al menos la entrega llega, imagínate que me quitan la bolsa por el camino y tenemos que cerrar”, explica el barcelonés. Muchas veces, Pierre llega sudado y exhausto a las oficinas de sus accionistas y ni siquiera logra atravesar el control de seguridad. “Llevo mi documento de identidad y hasta una copia de los estatutos de la empresa, pero me toman por un ‘millennial’ colgado de esos que curran en empresas como la mía, es humillante”, comenta.

El dueño de Glovo reconoce que otras empresas de la competencia se han ofrecido varias veces a repartir estos beneficios en metálico. “Me llama Plumb [director ejecutivo de Just Eat] y me dice ‘Dame a mí la pasta que yo te la llevo, no te pegues la matada’, pero te juro que prefiero morir en el asfalto que fiarme de este tío”, confiesa el barcelonés.

Cuando haya repartido el dinero por Europa, Pierre tendrá que pensar cómo resuelve la entrega del porcentaje de los beneficios que le corresponden al empresario James Cross, que vive en Australia. “Para eso tendré que fiarme de alguno de mis empleados porque yo ya no tengo cuerpo para ir hasta allí”, confiesa. El año pasado, se vio forzado a comprar las acciones de un socio marroquí porque, al regresar a España tras efectuar la entrega, se quedó atrapado en la valla de Melilla.