Pese a llevar toda la semana recibiendo numerosas visitas de familiares, amigos y demás allegados interesándose por su estado de salud, Antonio Jimeno, un moribundo de 78 años, lleva varios días callado porque ya ha dicho sus últimas palabras. “Lo que dijo fue tan bonito que, de alguna manera, nos dio mucha pena cuando los médicos consiguieron reanimarlo”, declara su hijo mayor.

Desde que Antonio se despidió de sus seres queridos hace ya siete días, toda la familia aguarda incómoda a que le llegue la hora porque nadie quiere estropear el momento. “Sus últimas palabras fueron extraordinariamente profundas y no es plan de iniciar ahora una conversación intrascendente sobre el frío que hace sólo para matar el tiempo”, ha dicho uno de sus parientes. “Se comunica con señas con la esperanza de que todo acabe pronto y por todo lo alto”, apuntan.

“Su último testimonio quedó tan bien y fue tan emocionante que es normal que se niegue a decir cualquier otra cosa”, asegura el personal del hospital, que se ha mostrado muy comprensivo. “Mi abuelo trabajó durante mucho tiempo en sus últimas palabras”, reconoce una de sus nietas. “Pero tampoco pasaría nada si respondiera a las preguntas de los médicos y, después, con tiempo, volviera a repetir su discurso”, añade. Fuentes cercanas a la familia descartan esa opción, pues considera que el anciano estuvo tan bien en sus últimas palabras que sería imposible igualarlas “porque no es solo lo que dijo sino cómo lo dijo, jugando con el factor sorpresa que ahora ya no podría aprovechar”.

No es la primera vez que Antonio vive una situación semejante. El hombre se negó a decir su primera palabra hasta los 30 años por miedo a resultar previsible, negándose a comunicarse con los demás hasta que no encontró algo significante y profundo con lo que empezar a hablar. “Si se hubiera esforzado tanto en las palabras del medio como en las primeras y las últimas, le habría ido mucho mejor la vida”, reconoce su mujer.