Tras las últimas multas y condenas de la Justicia española a diferentes humoristas, como la que obliga a la Revista Mongolia a indemnizar al extorero José Ortega Cano con 40.000 euros por un chiste sobre él, un humorista se ha visto obligado a pedir una hipoteca para poder seguir haciendo su trabajo. “El banco me ha concedido la hipoteca a 30 años, así que dispongo de tiempo para prepararme bien el chiste”, apunta esperanzado.

“Es una inversión”, dice.

La mayoría de humoristas sólo se puede permitir uno o dos chistes en su vida, por lo que la presión para sean buenos es enorme. “Si te funciona muy bien el primer chiste, con suerte puedes amortizarlo y llegar a explicar un segundo chiste en el futuro o una idea apuntada o ahorrar algo de dinero para que tus hijos añadan el ‘punch’ final”, explica el monologuista Albert Serrano, que lamenta no haber encontrado inversión para su chiste y verse obligado a pedir un préstamo a nivel personal.

En España, contar chistes ya es un artículo de lujo al nivel de los vehículos de gama alta, las segundas residencias o los viajes transoceánicos. “Hay personas que trabajan toda su vida para poder contar un chiste, a otros humoristas les avalan sus padres”, explica el trabajador de un banco, que ha tenido que ver cómo algunos clientes perdían sus chistes por no poder pagar las mensualidades. “Cada vez más clientes guardan el chiste que quieren contar en un cajón y trabajan y ahorran durante años con la única motivación de poder publicarlo o leerlo en voz alta algún día”, añade.

Según el Instituto Nacional de Estadística, cada vez son más los humoristas que se ven obligados a enviar sus chistes al extranjero a fin de reducir los costes.