Alvarito Bosch, un niño de trece años muy concienciado con el método científico y sin ningunas ganas de transmitir enfermedades mortales a sus compañeros de colegio, se ve obligado a pincharse a escondidas, “como un drogadicto”, porque sus padres son contrarios a las vacunas. “En ocasiones hago como que toso o me rasco mucho para que mis padres piensen que he cogido algún virus y no sospechen”, reconocía esta mañana en una pausa entre clase y clase.

“Si mis padres me vieran inyectándome una forma debilitada de un microbio para estimular mi sistema inmunológico, me matarían”, confiesa preocupado. Alvarito tiene que pincharse en la ingle y en los testículos para que las marcas de la inyección no sean visibles. “Hepatitis B, rotavirus, difteria, tétanos… nos metemos vacunas para todo. He perdido a muchos amigos por esta mierda”, lamenta.

La espiral de autoconservación en la que ha entrado el niño le ha hecho compartir jeringuillas con algunos amigos que también son hijos de padres antivacunas. “Al final te arriesgas a contraer unas enfermedades para evitar otras”, lamenta. “Conseguir las dosis fuera de la Seguridad Social, sin permiso paterno, es muy caro y he tenido que robar”, se sincera avergonzado. “Espero que mi testimonio ayude a otros en mi misma situación”, añade.

Los expertos creen que el auge de los padres contrarios a las vacunas se debe a que los hijos de éstos se vacunan a escondidas, por lo que crecen sanos y dan la falsa impresión de que los métodos alternativos a la vacunación funcionan.