Tras fotografiar con mimo el Caffè Latte acompañado de un “muffin” que se ha comprado en el Starbucks más cercano a su casa, Antonio Jimeno, un hipster de 28 años, se entretiene con su portátil mientras espera impaciente a que se muera su abuelo para heredar su ropa. “Siempre viene con su abuelo y le anima a comer las ‘cookies’ más grasientas mientras se dedica a mirarle los pantalones y las camisas con deseo”, declara una de las camareras del local.

Desde el año pasado, cuando su abuelo se recuperó de un importante achaque, Antonio se ha mostrado impaciente y desanimado. Cada día observa impotente cómo el anciano viste la ropa que a él le haría triunfar en sus círculos sociales. “Antes eran las casas, los coches o el dinero en las cuentas, pero últimamente el principal conflicto relacionado con herencias y testamentos es la ropa del familiar fallecido”, reconoce Javier Orozco, un abogado especializado en herencias.

“Tiene una cartera de cuero en la que cabe un portátil, varios sombreros y hasta una pipa de madera”, insiste el hipster. “En lugar de llevar el chaleco a exposiciones de arte alternativo, lo lleva a partidas de dominó en el bar de debajo de su casa”, lamenta. “Aunque el dominó tiene su punto, es lo siguiente al Candy Crush y espero que me deje las fichas en herencia”, agrega.

Aunque todo el barrio aprecia mucho al abuelo de Antonio, él insiste en que ya lo conocía “antes de que se pusiera de moda” y cree que lo nuevo, lo que “va a petarlo”, es la nueva generación, es decir, él mismo.