Cansado de soportar a todos los pasajeros que transporta cada día y sin fuerzas para afrontar una conversación más con su mujer y sus hijos, Pedro Sagunto, el conductor del autobús de la línea 9 de Madrid, ha empezado a llevarse a casa el cartel de “No hablar con el conductor”.

Cada tarde, al acabar su jornada laboral, Pedro descuelga el cartel del autobús y se lo lleva en la mano para que nadie le moleste por la calle. “Al llegar a casa se sienta en el sofá a ver la tele y cada vez que le decimos algo se limita a señalar el cartel con cara de pocos amigos”, explica Pachón Sagunto, su hijo de 16 años.

Según fuentes cercanas a la familia, el conductor también se lleva el cartel a casa de los suegros, al supermercado y cuando baja al bar. “Desde que empezó a trabajar en el autobús no ha vuelto a hablar con nadie”, lamenta su hijo. A su mujer no le gusta nada que su marido se lleve el trabajo a casa, pero no se lo puede decir porque el cartel no se lo permite.

Cada vez más profesionales están empezando a hacer lo mismo para poder estar tranquilos en sus casas. Es el caso de algunos pilotos de avión, que colocan en la puerta del baño el cartel de “Prohibido entrar en la cabina” y se aíslan allí durante horas. La semana pasada, una trabajadora del zoo se llevó el cartel de “Prohibido tirar comida a los animales” porque tenía visita de los suegros en su casa y no quería que le vaciaran la nevera.