El periodista de The Washington Post Richard Morgan ha invertido varios meses en analizar la filmografía del cineasta neoyorkino Woody Allen, llegando a la conclusión de que algunos de sus filmes más introspectivos fueron concebidos para inducir al sueño a las adolescentes, con fines deshonestos.

Según Morgan, obras de Allen como Interiores o Septiembre sólo pueden entenderse como intentos de narcotizar a esas mentes vulnerables e inexpertas. “Ningún director que no haya nacido en Suecia haría esas películas por gusto. Claramente tenía que existir una intención oculta”, afirma el periodista, que confiesa no haber tenido paciencia para visionarlas enteras y haber tardado el doble de lo normal en terminar su investigación porque “me quedaba dormido sistemáticamente”.

Para Richard Morgan, la clave de esta estrategia reside en el carácter hipocondríaco del director judío. “Un tipo como Allen sería incapaz de dormir a nadie usando sustancias químicas, por miedo a los efectos secundarios”. Gracias a sus investigaciones, el reportero de The Washington Post ha concluido que “una mala imitación de Ingmar Bergman posee la misma capacidad somnífera que diez gotas de cloroformo”.

Ante estas acusaciones, el tres veces ganador del Oscar se ha negado a hacer comentarios aunque, según Morgan, “los títulos de sus películas hablan por sí solos”. Tal es el caso, por ejemplo, de la malograda El sueño de Casandra que “sin duda Allen diseñó para dejar inconsciente a su vecina Casandra Blaine, que cumplía dieciséis años de edad en el momento del estreno del filme”.

El periodista concede al autor de Vicky Cristina Barcelona “el beneficio de la duda”, ya que “la otra explicación posible es que Woody Allen considere que esa clase de historias son entretenidas, en cuyo caso estaríamos hablando de un verdadero monstruo”.