“La juventud va como loca y luego pasa lo que pasa”. Así juzgaban los compañeros de Samuel Barrios, funcionario de la Administración recién incorporado a su puesto, su actitud excesivamente proactiva que le ha llevado a completar en sólo tres días el trabajo que se suponía que tenía que llevar a cabo durante los próximos cuarenta años. “Ya he terminado con esto, qué más hay que hacer”, preguntó el joven a sus colegas de la oficina, que observaron atónitos “el desastre”.

“No sé si es que se había tomado algo o qué, pero ha echado su vida a perder. Al menos su vida laboral”, comenta una compañera, que lamenta no haberle dicho al chico que debía administrarse bien el trabajo para tener algo que hacer durante toda su carrera profesional. “Se supone que, como funcionario de la Administración, sabes administrarte. No sé qué ha querido demostrar con esto pero ya me dirás cómo va a justificar su puesto ahora”, explica.

El resto de funcionarios coincide al señalar que los jóvenes se incorporan al trabajo con demasiada soberbia. “Vienen aquí mirándote por encima del hombro como si fueras un inútil que tarda diez veces más que ellos en terminar las cosas. Todos hemos sido jóvenes. Ahora, a ver cómo se las apaña sin excusas para estar aquí trabajando”, argumenta Rodrigo Manso, con más de treinta años de experiencia. “A mí me quedan unos años de curro aún, y también podría haber acabado pronto, en 1978 concretamente. Pero coño, gestiónate, que si no tendrás que pasar el resto de tu vida leyendo ‘Los pilares de la Tierra'”, dice.

Al entender la locura que había hecho, Samuel sufrió un ataque de ansiedad y tuvo que pedirse la tarde libre. “Yo insisto: este niño es gilipollas. Le da un ataque de ansiedad y se pide la tarde. Por menos me habría cogido yo dos años de baja”, sentencia Manso.