El director general de la empresa Jenkins&Co. ha mandado un correo electrónico a un cliente esta mañana y acto seguido ha pedido a su secretaria que le comprara un billete de autocar para desplazarse a Guadalajara, personarse en la oficina del cliente y preguntarle si ha recibido el correo y si ha podido leerlo.

“Siempre llamo para preguntar si han visto el correo que acabo de mandar, pero esta vez, además de llamar quería asegurarme y ver mi mensaje en la pantalla del ordenador del cliente porque es importante, incluye una factura adjunta y no siempre me sale bien lo de adjuntar. Luego no nos pagan y es por estas tonterías”, argumenta el ejecutivo, que ha llevado consigo el email impreso con la factura grapada “por si las moscas”.

Ya montado en el autocar de transporte regional, el directivo ha dictado cuatro correos más a su secretaria y ha mandado a tres becarios a comprobar su recepción in situ. “El 80% de los gastos en dietas y transportes de nuestra empresa se debe a viajes de comprobación de emails”, confiesa Isabel, la secretaria de dirección.

“No exagero: el otro día, en la carpeta de correo no deseado, encontré decenas de mensajes de amigas mías rusas que necesitaban mi ayuda. Al no leerlos, no pude asistirlas y ahora estoy intentando reparar el daño con varias llamadas al extranjero y gestiones con la embajada de Rusia en España”, explica el director general.

La plantilla de Jenkins&Co. planea reunirse con el jefe esta semana para hablarle del servicio de “email tracking”: “Es como el doble check de WhatsApp pero para el correo electrónico: te permite saber si el receptor ha leído tu mensaje sin necesidad de perder toda la mañana en un autocar de Alsa”, explica Isabel.

Los trabajadores creen que, cuando su jefe descubra Mailtrack y pueda saber si sus emails se han leído, cuándo se han leído y cuántas veces se han leído, se sentirá como cuando descubrió que podía llamar a números españoles sin necesidad de marcar siempre “+34”.